385 »Después que la casta Proserpina hubo dispersado acá y allá las almas de las mujeres, presentóse muy angustiada la de Agamenón Atrida; á cuyo alrededor se congregaban las de cuantos en la mansión de Egisto perecieron con el héroe, cumpliendo su destino. Reconocióme así que bebió la negra sangre y al punto comenzó á llorar ruidosamente: derramaba copiosas lágrimas y me tendía las manos con el deseo de abrazarme; mas ya no disfrutaba del firme vigor, ni de la fortaleza que antes tenía en los flexibles miembros. Al verlo lloré, y, compadeciéndole en mi corazón, le dije estas aladas palabras:
397 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! ¿Qué fatal especie de la aterradora muerte te ha hecho sucumbir? ¿Acaso Neptuno te mató en tus naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ó unos hombres enemigos acabaron contigo en la tierra firme, porque te llevabas sus bueyes y sus hermosos rebaños de ovejas ó porque combatías para apoderarte de su ciudad y de sus mujeres?»
404 »Así le dije; y me respondió en seguida: «¡Laertíada de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ni Neptuno me mató en las naves, desencadenando el fuerte soplo de terribles vientos, ni hombres enemigos acabaron conmigo en la tierra firme; fué Egisto quien me preparó la muerte y el hado, pues, de acuerdo con mi funesta esposa, me llamó á su casa, me dió de comer y me quitó la vida como se mata á un buey junto al pesebre. Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y á mi alrededor fueron asesinados mis compañeros, unos en pos de otros, como en la casa de un hombre rico y poderosísimo son degollados los puercos de albos dientes para una comida de bodas, un festín á escote, ó un banquete espléndido. Ya has presenciado la matanza de un tropel de hombres que son muertos aisladamente en el duro combate; pero hubieras sentido la mayor compasión al contemplar aquel espectáculo, al ver cómo yacíamos en la sala alrededor de la cratera y de las mesas llenas, y cómo el suelo manaba sangre por todos lados. Oí la misérrima voz de Casandra, hija de Príamo, á la cual estaba matando, junto á mí, la dolosa Clitemnestra; y yo, en tierra y moribundo, alzaba los brazos para asirle la espada. Mas la sin vergüenza fuése luego, sin que se dignara bajarme los párpados ni cerrarme la boca, aunque me veía descender á la morada de Plutón. Así es que nada hay tan horrible é impudente como la mujer que concibe en su espíritu propósitos como el de aquélla, que cometió la inicua acción de tramar la muerte contra su esposo legítimo. Figurábame que, al tornar á mi casa, se alegrarían de verme mis hijos y mis esclavos; pero aquélla, hábil más que otra alguna en cometer maldades, cubrióse de infamia á sí misma y hasta á las mujeres que han de nacer, por virtuosas que fueren.»
435 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «¡Oh dioses! En verdad que el longividente Júpiter aborreció de extraordinaria manera la estirpe de Atreo, ya desde sus orígenes, á causa de la perfidia de las mujeres: por Helena nos perdimos muchos, y Clitemnestra te preparó una celada mientras te hallabas ausente.»
440 »Así le hablé; y en seguida me respondió: «Por tanto, jamás seas benévolo con tu mujer ni le descubras todo lo que pienses; antes bien, particípale unas cosas y ocúltale otras. Mas á ti, oh Ulises, no te vendrá la muerte por culpa de tu mujer, porque la prudente Penélope, hija de Icario, es muy sensata y sus propósitos son razonables. La dejamos recién casada al partir para la guerra y daba el pecho á su hijo, infante todavía; el cual debe de contarse ahora, feliz y dichoso, en el número de los hombres. Y su padre, volviendo á la patria, le verá; y él abrazará á su padre, como es justo. Pero mi esposa no dejó que me saciara contemplando con estos ojos al mío, ya que previno con darme la muerte. Otra cosa voy á decir que pondrás en tu corazón: al tomar puerto en la patria tierra, hazlo ocultamente y no á la descubierta, pues ya no hay que fiar en las mujeres. Mas, ea, habla y dime sinceramente si oíste que mi hijo vive en Orcómeno, ó en la arenosa Pilos ó quizás con Menelao en la extensa Esparta; pues el divinal Orestes aún no ha desaparecido de la tierra.»
462 »De esta suerte habló; y le respondí diciendo: «¡Oh Atrida! ¿Por qué me haces tal pregunta? Ignoro si aquél vive ó ha muerto, y es malo hablar inútilmente.»
465 »Mientras nosotros estábamos afligidos, diciéndonos tan tristes razones y derramando copiosas lágrimas, vinieron las almas de Aquiles, hijo de Peleo, de Patroclo, del irreprochable Antíloco y de Ayax, que fué el más excelente de todos los dánaos en cuerpo y hermosura, después del eximio Pelida. Reconocióme el alma del Eácida, el de los pies ligeros, y lamentándose me dijo estas aladas palabras:
473 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¡Desdichado! ¿Qué otra empresa mayor que las pasadas revuelves en tu espíritu? ¿Cómo te atreves á bajar al Orco donde residen los muertos, que están privados de sentido y son imágenes de los hombres que ya fallecieron?»
477 »Así se expresó; y le respondí diciendo: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de los aquivos! Vine por el oráculo de Tiresias, por si me diese algún consejo para llegar á la escabrosa Ítaca; que aún no me acerqué á la Acaya, ni entré en mi tierra, sino que padezco infortunios continuamente. Pero tú, oh Aquiles, eres el más dichoso de todos los hombres que nacieron y han de nacer, puesto que antes, cuando vivías, los argivos te honrábamos como á una deidad, y ahora, estando aquí, imperas poderosamente sobre los difuntos. Por lo cual, oh Aquiles, no has de entristecerte porque estés muerto.»
487 »Así le dije; y me contestó en seguida: «No intentes consolarme de la muerte, esclarecido Ulises: preferiría ser labrador y servir á otro, á un hombre indigente que tuviera pocos recursos para mantenerse, á reinar sobre todos los muertos. Mas, ea, háblame de mi ilustre hijo: dime si fué á la guerra para ser el primero en las batallas, ó se quedó en casa. Cuéntame también si oíste algo del eximio Peleo y si conserva la dignidad real entre los numerosos mirmidones, ó le menosprecian en la Hélade y en Ptía porque la senectud debilitó sus pies y sus manos. ¡Así pudiera valerle, á los rayos del sol, siendo yo cual era en la vasta Troya, cuando mataba guerreros muy fuertes, combatiendo por los argivos! Si, siendo tal, volviese, aunque por breve tiempo, á la casa de mi padre, daríales terrible prueba de mi valor y de mis invictas manos á cuantos le hagan violencia ó intenten quitarle la dignidad regia.»