260 »Después que nos hubimos escapado de aquellas rocas, de la horrenda Caribdis y de Escila, llegamos muy pronto á la irreprochable isla del dios, donde estaban las hermosas vacas de ancha frente, y muchas pingües ovejas del Sol, hijo de Hiperión. Desde el mar, en la negra nave, oí el mugido de las vacas encerradas en los establos y el balido de las ovejas, y me acordé de las palabras del vate ciego Tiresias el tebano, y de Circe de Eea, la cual me encargó muy mucho que huyese de la isla del Sol, que alegra á los mortales. Y entonces, con el corazón afligido, dije á los compañeros:

271 «Oíd mis palabras, amigos, aunque padezcáis tantos males, para que os revele los oráculos de Tiresias y de Circe de Eea; la cual me recomendó en extremo que huyese de la isla del Sol, que alegra á los mortales, diciendo que allí nos aguarda el más terrible de los infortunios. Por tanto, encaminad el negro bajel por fuera de la isla.»

277 »Así les dije. Á todos se les quebraba el corazón y Euríloco me respondió en seguida con estas odiosas palabras:

279 «Eres cruel, oh Ulises, disfrutas de vigor grandísimo, y tus miembros no se cansan, y debes de ser de hierro, ya que no permites á los tuyos, molidos de la fatiga y del sueño, tomar tierra en esa isla azotada por las olas, donde aparejaríamos una agradable cena; sino que les mandas que se alejen y durante la rápida noche vaguen á la ventura por el sombrío ponto. Por la noche se levantan fuertes vientos, azotes de las naves. ¿Adónde iremos, para librarnos de una muerte cruel, si de súbito viene una borrasca suscitada por el Noto ó por el impetuoso Céfiro, que son los primeros en destruir una embarcación hasta contra la voluntad de los soberanos dioses? Obedezcamos ahora á la obscura noche y aparejemos la comida junto á la velera nave; y al amanecer nos embarcaremos nuevamente para lanzarnos al dilatado ponto.»

294 »Tales razones profirió Euríloco y los demás compañeros las aprobaron. Conocí entonces que algún dios meditaba causarnos daño y, dirigiéndome á aquél, le dije estas aladas palabras:

297 «¡Euríloco! Gran fuerza me hacéis, porque estoy solo. Mas, ea, prometed todos con firme juramento que si encontráremos una manada de vacas ó una hermosa grey de ovejas, ninguno de vosotros matará, cediendo á funesta locura, ni una vaca tan sólo, ni una oveja; sino que comeréis tranquilos los manjares que nos dió la inmortal Circe.»

303 »Así les hablé; y en seguida juraron, como se lo mandaba. Tan pronto como hubieron acabado de prestar el juramento, detuvimos la bien construída nave en el hondo puerto, cabe á una fuente de agua dulce; y los compañeros desembarcaron, y luego aparejaron muy hábilmente la comida. Ya satisfecho el deseo de comer y de beber, lloraron, acordándose de los amigos á quienes devoró Escila después de arrebatarlos de la cóncava embarcación; y mientras lloraban les sobrevino dulce sueño. Cuando la noche hubo llegado á su último tercio y ya los astros declinaban, Júpiter, que amontona las nubes, suscitó un viento impetuoso y una tempestad deshecha, cubrió de nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, pusimos la nave en seguridad, llevándola á una profunda cueva, donde las Ninfas tenían asientos y hermosos lugares para las danzas. Acto continuo los reuní á todos en junta y les hablé de esta manera:

320 «¡Oh amigos! Puesto que hay en la velera nave alimentos y bebida, abstengámonos de tocar esas vacas, á fin de que no nos venga ningún mal, porque tanto las vacas como las pingües ovejas son de un dios terrible, del Sol, que todo lo ve y todo lo oye.»

324 »Así les dije y su ánimo generoso se dejó persuadir. Durante un mes entero sopló incesantemente el Noto, sin que se levantaran otros vientos que el Euro y el Noto; y mientras no les faltó pan y rojo vino, abstuviéronse de tocar las vacas por el deseo de conservar la vida. Pero tan pronto como agotados todos los víveres de la nave, viéronse obligados á ir errantes tras de alguna presa—peces ó aves, cuanto les viniese á las manos,—pescando con corvos anzuelos, porque el hambre les atormentaba el vientre; yo me interné en la isla con el fin de orar á los dioses y ver si alguno me mostraba el camino para llegar á la patria. Después que, andando por la isla, estuve lejos de los míos, me lavé las manos en un lugar resguardado del viento y oré á todos los dioses que habitan el Olimpo, los cuales infundieron en mis párpados dulce sueño. Y en tanto, Euríloco comenzó á hablar con los amigos, para darles este pernicioso consejo:

340 «Oíd mis palabras, compañeros, aunque padezcáis tantos infortunios. Todas las muertes son odiosas á los infelices mortales, pero ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta suerte el propio destino. Ea, tomemos las más excelentes de las vacas del Sol y ofrezcamos un sacrificio á los dioses que poseen el anchuroso cielo. Si consiguiésemos tornar á Ítaca, la patria tierra, erigiríamos un rico templo al Sol, hijo de Hiperión, poniendo en él muchos y valiosos simulacros. Y si, irritado á causa de las vacas de erguidos cuernos, quisiera el Sol perder nuestra nave y lo consintiesen los restantes dioses, prefiero morir de una vez, tragando el agua de las olas, á consumirme con lentitud, en una isla inhabitada.»