391 »Llegado que hube á la nave y al mar, reprendí á mis compañeros—acercándome ora á éste, ora á aquél,—mas no pudimos hallar remedio alguno, porque ya las vacas estaban muertas. Pronto los dioses les mostraron varios prodigios: los cueros serpeaban, las carnes asadas y las crudas mugían en los asadores, y dejábanse oir voces como de vacas.
397 »Durante seis días mis fieles compañeros celebraron banquetes, para los cuales echaban mano á las mejores vacas del Sol; mas, así que Júpiter Saturnio nos trajo el séptimo día, cesó la violencia del vendaval que causaba la tempestad y nos embarcamos, lanzando la nave al vasto ponto después de izar el mástil y de descoger las blancas velas.
403 »Cuando hubimos dejado atrás aquella isla y ya no se divisaba tierra alguna, sino tan solamente el cielo y el mar, Júpiter colocó por cima de la cóncava nave una parda nube debajo de la cual se obscureció el ponto. No anduvo la embarcación largo rato, pues sopló en seguida el estridente Céfiro y, desencadenándose, produjo gran tempestad: un torbellino rompió los dos cables del mástil, que se vino hacia atrás, y todos los aparejos se juntaron en la sentina. El mástil, al caer en la popa, hirió la cabeza del piloto, aplastándole todos los huesos; cayó el piloto desde el tablado, como salta un buzo, y su alma generosa se separó de los miembros. Júpiter despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta se estremeció, al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor del azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor del negro bajel y un dios les privó de la vuelta á la patria.
420 »Seguí andando por la nave, hasta que el ímpetu del mar separó los flancos de la quilla, la cual flotó sola en el agua; y el mástil se rompió en su unión con la misma. Sobre el mástil hallábase una soga hecha del cuero de un buey: até con ella mástil y quilla y, sentándome en ambos, dejéme llevar por los perniciosos vientos.
426 »Pronto cesó el soplo violento del Céfiro, que causaba la tempestad, y de repente sobrevino el Noto, el cual me afligió el ánimo con llevarme de nuevo hacia la perniciosa Caribdis. Toda la noche anduve á merced de las olas, y al salir el sol llegué al escollo de Escila y á la horrenda Caribdis que estaba sorbiendo la salobre agua del mar; pero yo me lancé al cabrahigo y me agarré como un murciélago, sin que pudiera afirmar los pies en sitio alguno ni tampoco encaramarme en el árbol, porque estaban lejos las raíces y á gran altura los largos y gruesos ramos que daban sombra á Caribdis. Me mantuve, pues, reciamente asido, esperando que Caribdis devolviera el mástil y la quilla; y éstos aparecieron por fin, cumpliéndose mi deseo. Á la hora en que el juez se levanta en el ágora, después de haber fallado muchas causas de jóvenes litigantes, dejáronse ver los maderos fuera ya de Caribdis. Soltéme de pies y manos y caí con gran estrépito en medio del agua, junto á los larguísimos maderos; y, sentándome encima, me puse á remar con los brazos. Y no permitió el padre de los hombres y de los dioses que Escila me viese; pues no me hubiera librado de una terrible muerte.
447 »Desde aquel lugar fuí errante nueve días y en la noche del décimo lleváronme los dioses á la isla Ogigia donde vive Calipso, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz; la cual me acogió amistosamente y me prodigó sus cuidados. Mas, ¿á qué contar el resto? Os lo referí ayer en esta casa á ti y á tu ilustre esposa, y me es enojoso repetir lo que se ha explicado claramente.»
Los feacios dejan en la playa de Ítaca á Ulises dormido