63 Dicho esto, el divino Ulises traspuso el umbral. La potestad de Alcínoo le hizo acompañar por un heraldo que lo condujese á la velera nave, á la orilla del mar. Y Arete le envió también algunas esclavas: cual le llevaba un manto muy limpio y una túnica; cual, una sólida arca; y cual otra, pan y rojo vino.

70 Cuando hubieron llegado á la nave y al mar, los ilustres marineros, tomando tales cosas juntamente con la bebida y los víveres, lo colocaron todo en la cóncava embarcación y tendieron una colcha y una tela de lino sobre las tablas de la popa á fin de que Ulises pudiese dormir profundamente. Subió éste y acostóse en silencio. Los otros se sentaron por orden en sus bancos, desataron de la piedra agujereada la amarra del barco é inclinándose, azotaron el mar con los remos; mientras caía en los párpados de Ulises un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante á la muerte. Del modo que los caballos de una cuadriga se lanzan á correr en un campo, á los golpes del látigo y, levantándose sobre sus pies, terminan prontamente la carrera; así se alzaba la popa del navío y dejaba tras sí muy agitadas las olas purpúreas del estruendoso mar. Corría el bajel con un andar seguro é igual, y ni el gavilán, que es el ave más ligera, lo hubiese acompañado: así, corriendo con tal rapidez, cortaba las olas del mar y llevaba un varón que en el consejo se parecía á los dioses; el cual tuvo el ánimo acongojado muchas veces, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas, pero entonces dormía plácidamente, olvidado de cuanto padeciera.

93 Cuando salía la más rutilante estrella, la que de modo especial anuncia la luz de la Aurora, hija de la mañana, entonces la nave, surcadora del ponto, llegó á la isla.

96 Hay en el país de Ítaca el puerto de Forcis, el anciano del mar, formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen hacia las puntas y protegen exteriormente las grandes olas contra los vientos de funesto soplo; y en el interior las corvas naves, de muchos bancos, permanecen sin amarras así que llegan al fondeadero. Al cabo del puerto está un olivo de largas hojas y muy cerca una gruta agradable, sombría, consagrada á las ninfas que Náyades se llaman. Allí existen crateras y ánforas de piedra donde las abejas fabrican los panales. Allí pueden verse unos telares también de piedra, muy largos, donde tejen las ninfas mantos de color de púrpura. Allí el agua constantemente nace. Dos puertas tiene el antro: la una mira al Bóreas y es accesible á los hombres; la otra, situada frente al Noto, es más divina, pues por ella no entran los humanos, siendo el camino de los inmortales.

113 Á este sitio, que ya con anterioridad conocían, fueron á llegarse; y la embarcación andaba velozmente y varó en la playa, saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas manos era conducida! Apenas hubieron saltado de la nave de hermosos bancos en tierra firme, comenzaron por sacar del cóncavo bajel á Ulises con la colcha espléndida y la tela de lino, y lo pusieron en la arena, entregado todavía al sueño; y seguidamente, desembarcando las riquezas que los feacios le habían dado al volver á su patria, gracias á la magnánima Minerva, las amontonaron todas al pie del olivo, algo apartadas del camino: no fuera que algún viandante se acercara á las mismas en tanto que Ulises dormía y le hurtara algo. Después de esto, volviéronse los feacios á su país. Pero Neptuno, que sacude la tierra, no olvidó las amenazas que desde un principio hiciera á Ulises, semejante á un dios, y quiso explorar la voluntad de Júpiter:

128 «¡Padre Júpiter! Ya no seré honrado nunca entre los inmortales dioses, puesto que no me honran en lo más mínimo ni tan siquiera los mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe. No dejaba de figurarme que Ulises tornaría á su patria, aunque padeciendo multitud de infortunios, pues nunca le quité del todo que volviese por considerar que con tu asentimiento se lo habías prometido; mas los feacios, llevándole por el ponto en velera nave, lo han dejado en Ítaca, dormido, después de hacerle innumerables regalos: bronce, oro en abundancia, vestiduras tejidas, y tantas cosas como nunca sacara de Troya si volviese indemne y habiendo obtenido la parte que del botín le correspondiera.»

139 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Ah, poderoso dios que bates la tierra! ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que sería difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Pero si deja de honrarte alguno de los hombres, por confiar en sus fuerzas y en su poder, está en tu mano tomar venganza. Obra, pues, como quieras y á tu ánimo le agrade.»

146 Contestóle Neptuno, que sacude la tierra: «Ya hubiera obrado como me aconsejas, oh dios de las sombrías nubes, pero me espanta tu cólera y procuro evitarla. Ahora quiero hacer naufragar en el obscuro ponto la bellísima nave de los feacios que vuelve de conducir á aquél—con el fin de que en adelante se abstengan y cesen de llevar á los hombres—y cubrir luego la vista de la ciudad con una gran montaña.»

153 Repuso Júpiter, que amontona las nubes: «¡Oh querido! Tengo para mí que lo mejor será que, cuando todos los ciudadanos estén mirando desde la población como el barco llega, lo tornes un peñasco, junto á la costa, de suerte que guarde la semejanza de una velera nave para que todos los hombres se maravillen, y cubras luego la vista de la ciudad con una gran montaña.»

159 Apenas lo oyó Neptuno, que sacude la tierra, fuese á Esqueria donde viven los feacios, y allí se detuvo. La nave, surcadora del ponto, se acercó con rápido impulso y el dios que sacude la tierra, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y con un golpe de su mano inclinada hizo que echara raíces en el suelo, después de lo cual fuése á otra parte.