165 Mientras tanto los feacios, que usan largos remos y son ilustres navegantes, hablaban entre sí con aladas palabras. Y uno de ellos se expresó de esta suerte, dirigiéndose á su vecino:

168 «¡Ay! ¿Quién encadenó en el ponto la velera nave que tornaba á la patria y ya se descubría toda?»

170 Tales fueron sus palabras, pues ignoraban lo que había pasado. Entonces Alcínoo les arengó de esta manera:

172 «¡Oh dioses! Cumpliéronse las antiguas predicciones de mi padre, el cual decía que Neptuno nos miraba con malos ojos porque conducíamos sin recibir daño á todos los hombres; y aseguraba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave de los feacios, al volver de llevar á alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña. Así lo afirmaba el anciano y ahora todo se va cumpliendo. Ea, hagamos lo que voy á decir. Absteneos de conducir los mortales que lleguen á nuestra población y sacrifiquemos doce toros escogidos á Neptuno, para ver si se apiada de nosotros y no nos cubre la vista de la ciudad con la enorme montaña.»

184 Así habló. Entróles el miedo y aparejaron los toros. Y mientras los caudillos y príncipes del pueblo feacio oraban al soberano Neptuno, permaneciendo de pie en torno de su altar, Ulises recordó de su sueño en la tierra patria, de la cual había estado ausente mucho tiempo, y no pudo reconocerla porque una diosa—Palas Minerva, la hija de Júpiter—le cercó de una nube con el fin de hacerle incognoscible y enterarle de todo: no fuese que su esposa, los ciudadanos y los amigos lo reconocieran antes que los pretendientes pagaran por completo sus demasías. Por esta causa todo se le presentaba al rey en otra forma, así los largos caminos, como los puertos cómodos para fondear, las rocas escarpadas y los árboles florecientes. El héroe se puso en pie y contempló la patria tierra; pero en seguida gimió y, bajando los brazos, golpeóse los muslos mientras suspiraba y decía de esta suerte:

200 «¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra á que he llegado? ¿Serán violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios y temerosos de los dioses? ¿Adónde podré llevar tantas riquezas? ¿Adónde iré perdido? Ojalá me hubiese quedado allí, con los feacios, pues entonces me llegara á otro de los magnánimos reyes, que, recibiéndome amistosamente, me hubiera enviado á mi patria. Ahora ni sé dónde poner estas cosas, ni he de dejarlas aquí: no vayan á ser presa de otros hombres. ¡Oh dioses! No eran, pues, enteramente sensatos ni justos los caudillos y príncipes feacios, ya que me traen á estotra tierra; dijeron que me conducirían á Ítaca, que se ve de lejos, y no lo han cumplido. Castíguelos Júpiter, el dios de los suplicantes, que vigila á los hombres é impone castigos á cuantos pecan. Mas, ea, contaré y examinaré estas riquezas: no se hayan llevado alguna cosa en la cóncava nave cuando de aquí partieron.»

217 Hablando así, contó los bellísimos trípodes, los calderos, el oro y las hermosas vestiduras tejidas; y, aunque nada echó de menos, lloraba por su patria tierra, arrastrándose en la orilla del estruendoso mar y suspirando mucho. Acercósele entonces Minerva en la figura de un joven pastor de ovejas, tan delicado como el hijo de un rey; que llevaba en los hombros un manto doble, hermosamente hecho; en los nítidos pies, sandalias; y en la mano, una jabalina. Ulises se holgó de verla, salió á su encuentro y le dijo estas aladas palabras:

228 «¡Amigo! Ya que eres el primer hombre á quien encuentro en este lugar, ¡salud!, y ojalá no vengas con mala intención para conmigo; antes bien, salva estas cosas y sálvame á mí mismo, que yo te lo ruego como á un dios y me postro á tus rodillas. Mas dime con verdad para que yo me entere: ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué pueblo? ¿Qué hombres hay en la comarca? ¿Estoy en una isla que se ve á distancia ó en la ribera de un fértil continente que hacia el mar se inclina?»

236 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, le respondió diciendo: «¡Forastero! Eres un simple ó vienes de lejos cuando me preguntas por esta tierra, cuyo nombre no es tan obscuro, ya que la conocen muchísimos así de los que viven hacia el lado por donde salen la Aurora y el Sol, como de los que moran en la otra parte, hacia el tenebroso ocaso. Es, en verdad, áspera é impropia para la equitación; pero no completamente estéril, aunque pequeña, pues produce trigo en abundancia y también vino; nunca le falta ni la lluvia ni el fecundo rocío; es muy á propósito para apacentar cabras y bueyes; cría bosques de todas clases, y tiene abrevaderos que jamás se agotan. Por lo cual, oh forastero, el nombre de Ítaca llegó hasta Troya, que, según dicen, está muy apartada de la tierra aquiva.»

250 De esta suerte habló. Alegróse el paciente divinal Ulises, holgándose de su patria que le nombraba Palas Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida; y pronunció en seguida estas aladas palabras, ocultándole la verdad con hacerle un relato fingido, pues siempre revolvía en su pecho ideas muy astutas: