256 «Oí hablar de Ítaca allá en la espaciosa Troya, muy lejos, al otro lado del ponto, y he llegado ahora con estas riquezas. Otras tantas dejé á mis hijos y voy huyendo porque maté al hijo querido de Idomeneo, á Orsíloco, el de los pies ligeros, que aventajaba en la ligereza de sus pies á los hombres industriosos de la vasta Creta; el cual deseó privarme del botín de Troya por el que tantas fatigas padeciera, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas, á causa de no haberme prestado á complacer á su padre, sirviéndole en el pueblo de los troyanos, donde yo era caudillo de otros compañeros. Como en cierta ocasión aquél tornara del campo, envaséle la broncínea lanza, habiéndole acechado con un amigo junto á la senda: obscurísima noche cubría el cielo, ningún hombre fijó su atención en nosotros y así quedó oculto que le hubiese dado muerte. Después que lo maté con el agudo bronce, fuíme hacia la nave de unos ilustres fenicios á quienes supliqué y pedí, dándoles buena parte del botín, que me llevasen á Pilos ó á la divina Élide, donde ejercen su dominio los epeos. Mas la fuerza del viento extraviólos, mal de su grado, pues no querían engañarme; y, errabundos, llegamos acá por la noche. Con mucha fatiga pudimos entrar en el puerto á fuerza de remos; y, aunque muy necesitados de tomar alimento, nadie pensó en la cena: desembarcamos todos y nos echamos en la playa. Entonces me vino á mí, que estaba cansadísimo, un dulce sueño; sacaron aquellos de la cóncava nave mis riquezas, las dejaron en la arena donde me hallaba tendido y volvieron á embarcarse para ir á la populosa Sidón; y yo me quedé aquí con el corazón triste.»
287 Así se expresó. Sonrióse Minerva, la deidad de los brillantes ojos, le halagó con la mano y, transfigurándose en una mujer hermosa, alta y diestra en eximias labores, le dijo estas aladas palabras:
291 «Astuto y falaz habría de ser quien te aventajara en cualquier clase de engaños, aunque fuese un dios el que te saliera al encuentro. ¡Temerario, artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun en tu patria habías de renunciar á los fraudes y á las palabras engañosas, que siempre fueron de tu gusto? Mas, ea, no se hable más de ello, que ambos somos peritos en las astucias; pues si tú sobresales mucho entre los hombres por tu consejo y tus palabras, yo soy celebrada entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias. Pero aún no has reconocido en mí á Palas Minerva, hija de Júpiter, que siempre te asisto y protejo en tus cuitas é hice que les fueras agradable á todos los feacios. Vengo ahora á forjar contigo algún plan, á esconder cuantas riquezas te dieron los ilustres feacios por mi voluntad é inspiración cuando viniste á la patria, y á revelarte todos los trabajos que has de soportar fatalmente en tu morada bien construída: toléralos, ya que es preciso, y no digas á ninguno de los hombres ni de las mujeres que llegaste peregrinando; antes bien sufre en silencio los muchos pesares y aguanta las violencias que te hicieren los hombres.»
311 Respondióle el ingenioso Ulises: «Difícil es, oh diosa, que un mortal al encontrarse contigo logre conocerte, aunque fuere muy sabio, porque tomas la figura que te place. Bien sé que me fuiste propicia mientras los aqueos peleamos en Troya; pero después que arruinamos la excelsa ciudad de Príamo, partimos en las naves y un dios dispersó á los aqueos, nunca te he visto, oh hija de Júpiter, ni he advertido que subieras en mi bajel para ahorrarme ningún pesar. Por el contrario, anduve errante constantemente, teniendo en mi pecho el corazón atravesado de dolor, hasta que los dioses me libraron del infortunio; y tú, en el rico pueblo de los feacios, me confortaste con tus palabras y me condujiste á la población. Ahora por tu padre te lo suplico—pues no creo haber arribado á Ítaca, que se ve de lejos, sino que estoy en otra tierra y que hablas de burlas para engañarme:—dime si en verdad he llegado á mi querida tierra.»
329 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Siempre guardas en tu pecho la misma cordura, y no puedo desampararte en la desgracia porque eres afable, perspicaz y sensato. Cualquiera que volviese después de vagar tanto, deseara ver en su palacio á los hijos y á la esposa; mas á ti no te place saber de ellos ni preguntar por los mismos hasta que hayas probado á tu mujer, la cual permanece en tu morada y consume los días y las noches tristemente, pues de continuo está llorando. Yo jamás puse en duda, pues me constaba con certeza, que volverías á tu patria después de perder todos los compañeros; mas no quise luchar con Neptuno, mi tío paterno, cuyo ánimo se encolerizó é irritó contigo porque le cegaste su caro hijo. Pero, ea, voy á mostrarte el suelo de Ítaca para que te convenzas. Éste es el puerto de Forcis, el anciano del mar; aquél, el olivo de largas hojas que existe al cabo del puerto; cerca del mismo se halla la gruta deliciosa, sombría, consagrada á las ninfas que Náyades se llaman: aquí tienes la abovedada cueva donde sacrificabas á las ninfas gran número de perfectas hecatombes; y allá puedes ver el Nérito, el frondoso monte.»
352 Cuando así hubo hablado, la deidad disipó la nube, apareció el país y el paciente divinal Ulises se alegró, holgándose de su tierra, y besó el fértil suelo. Y acto continuo oró á las ninfas, con las manos levantadas:
356 «¡Ninfas Náyades, hijas de Júpiter! Ya me figuraba que no os vería más. Ahora os saludo con dulces votos y os haremos ofrendas, como antes, si la hija de Júpiter, la que impera en las batallas, permite benévola que yo viva y vea crecer á mi hijo.»
361 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Cobra ánimo y no te preocupes por esto. Pero metamos ahora mismo las riquezas en lo más hondo del divino antro á fin de que las tengas seguras, y deliberemos para que todo se haga de la mejor manera.»
366 Cuando así hubo hablado, penetró la diosa en la sombría cueva y fué en busca de los escondrijos; y Ulises le llevó todas las cosas—el oro, el duro bronce y las vestiduras bien hechas—que le regalaran los feacios. Así que estuvieron colocadas del modo más conveniente, Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida, obstruyó la entrada con una piedra. Sentáronse después en las raíces del sagrado olivo y deliberaron acerca del exterminio de los orgullosos pretendientes. Minerva, la deidad de los brillantes ojos, fué quien rompió el silencio pronunciando estas palabras: