La deidad disipó la nube y Ulises, holgándose de reconocer su patria, besó el fértil suelo
(Canto XIII, versos 352 á 354.)
375 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Piensa cómo pondrás las manos en los desvergonzados pretendientes, que tres años ha mandan en tu palacio y solicitan á tu divinal consorte á la que ofrecen regalos de boda; mas ella, suspirando en su ánimo por tu regreso, si bien á todos les da esperanzas y á cada uno le hace promesas, enviándole mensajes, revuelve en su espíritu muy distintos pensamientos.»
382 El ingenioso Ulises le respondió diciendo: «¡Oh númenes! Sin duda iba á perecer en el palacio, con el mismo hado funesto de Agamenón Atrida, si tú, oh diosa, no me hubieses instruído convenientemente acerca de estas cosas. Mas, ea, traza un plan para que los castigue y ponte á mi lado, infundiéndome fortaleza y audacia, como en aquel tiempo en que destruíamos las lucientes almenas de la ciudad de Troya. Si con el mismo ardor de entonces me acompañares, oh deidad de los brillantes ojos, yo combatiría contra trescientos hombres; pero con tu ayuda, veneranda diosa, siempre que benévola me socorrieres.»
392 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Te asistiré ciertamente, sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos ocupemos, y creo que alguno de los pretendientes que devoran tus bienes manchará con su sangre y sus sesos el extensísimo pavimento. Mas, ea, voy á hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos harapos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas un ser despreciable á todos los pretendientes y á la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio. Llégate ante todo al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora á tu hijo y á la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto á la roca del Cuervo, en la fuente de Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo aguas turbias, cosas ambas que hacen crecer en los mismos la floreciente grosura. Quédate allí de asiento é interrógale sobre cuanto deseares, mientras yo voy á Esparta, la de hermosas mujeres, y llamo á Telémaco, tu hijo, oh Ulises, que se fué junto á Menelao, en la vasta Lacedemonia, para saber por la fama si aún estabas vivo en alguna parte.»
416 Respondióle el ingenioso Ulises: «¿Y por qué no se lo dijiste, ya que tu mente todo lo sabía? ¿Acaso para que también pase trabajos, vagando por el estéril ponto, y los demás se le coman los bienes?»
420 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Muy poco has de inquietarte por él. Yo misma le llevé para que, con ir allá, adquiriese ilustre fama; y no sufre trabajo alguno, sino que se está muy tranquilo en el palacio del Atrida, teniéndolo todo en gran abundancia. Cierto que los jóvenes le acechan, embarcados en negro bajel, y quieren matarle cuando vuelva al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes la tierra tendrá en su seno á alguno de los pretendientes que devoran lo tuyo.»
429 Dicho esto, tocóle Minerva con una varita. La diosa le arrugó el hermoso cutis en los ágiles miembros, le rayó de la cabeza los blondos cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal forma que parecía la de un anciano, hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos; vistióle unos harapos y una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados feamente por el humo; le echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una veloz cierva; y le entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa retorcida.
439 Después de deliberar así, se separaron, yéndose Minerva á la divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Ulises.