64 «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Deja que parta ahora mismo á mi querida patria, que ya siento deseos de volver á mi morada.»
67 Respondióle Menelao, valiente en la pelea: «¡Telémaco! No te detendré mucho tiempo, ya que deseas irte; pues me es odioso así el que, recibiendo á un huésped, lo quiere sin medida, como el que lo aborrece en extremo; más vale usar de moderación en todas las cosas. Tan mal procede con el huésped quien le incita á que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le urge partir. Se le debe tratar amistosamente mientras esté con nosotros y despedirlo cuando quiera ponerse en camino. Pero aguarda que traiga y coloque en el carro hermosos presentes que tú veas con tus propios ojos, y mande á las mujeres que aparejen en el palacio la comida con las abundantes provisiones que tenemos en el mismo; porque hay á la vez honra, gloria y provecho en que coman los huéspedes antes de que se vayan por la tierra inmensa. Dime también si acaso prefieres volver por la Hélade y por el centro de Argos, á fin de que yo mismo te acompañe; pues unciré los corceles, te llevaré por las ciudades populosas y nadie nos dejará partir sin darnos alguna cosa que nos llevemos, ya sea un hermoso trípode de bronce, ya un caldero, ya un par de mulos, ya una copa de oro.»
86 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Menelao Atrida, alumno de Júpiter, príncipe de hombres! Quiero restituirme pronto á mis hogares, pues á nadie dejé encomendada la custodia de los bienes: no sea que en tanto busco á mi padre igual á los dioses, muera yo ó pierda algún excelente y valioso objeto que se lleven del palacio.»
92 Al oir esto, Menelao, valiente en la pelea, mandó en seguida á su esposa y á las esclavas que preparasen la comida en el palacio con las abundantes provisiones que en él se guardaban. Llegó entonces Eteoneo Boetida, que se acababa de levantar, pues no vivía muy lejos; y, habiéndole ordenado Menelao, valiente en la batalla, que encendiera fuego y asara las carnes, obedeció acto continuo. Menelao bajó entonces á una estancia perfumada; sin que fuera solo, pues le acompañaron Helena y Megapentes. En llegando adonde estaban los objetos preciosos, el Atrida tomó una copa doble y mandó á su hijo Megapentes que se llevase una cratera de plata; y Helena se detuvo cabe á las arcas en que se hallaban los peplos de muchas bordaduras, que ella en persona había labrado. La propia Helena, la divina entre las mujeres, escogió y se llevó el peplo mayor y más hermoso por sus bordados, que resplandecía como una estrella y estaba debajo de los otros. Y anduvieron otra vez por el palacio hasta juntarse con Telémaco, á quien el rubio Menelao habló de esta manera:
111 «¡Telémaco! Júpiter, el tonante esposo de Juno, te permita hacer el viaje como tu corazón desee. De cuantas cosas se guardan en mi palacio, voy á darte la más bella y preciosa. Te haré el presente de una cratera labrada, toda de plata con los bordes de oro, que es obra de Vulcano y diómela el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando me acogió en su casa al volver yo á la mía. Tal es lo que deseo regalarte.»
120 Diciendo así, el héroe Atrida le puso en la mano la copa doble; el fuerte Megapentes le trajo la espléndida cratera que dejó delante del mismo; y Helena, la de hermosas mejillas, presentósele con el peplo en las manos y hablóle de esta suerte:
125 «También yo, hijo querido, te haré este regalo, que será un recuerdo de las manos de Helena, para que lo lleve tu esposa en la ansiada hora del casamiento; y hasta entonces guárdelo tu madre en el palacio. Y ojalá vuelvas alegre á tu casa bien construída y á tu patria tierra.»
130 Diciendo así, se lo puso en las manos y él lo recibió con alegría. El héroe Pisístrato tomó los presentes y fué colocándolos en la cesta del carro, después de contemplarlos todos con admiración. Luego el rubio Menelao se los llevó á entrambos al palacio, donde se sentaron en sillas y sillones. Una esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándolos con los que tenía reservados. Junto á ellos, el Boetida cortaba la carne y repartía las porciones; y el hijo del glorioso Menelao escanciaba el vino. Todos echaron mano á las viandas que tenían delante. Y apenas hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Telémaco y el preclaro hijo de Néstor engancharon los corceles, subieron al labrado carro y lo guiaron por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Tras ellos se fué el rubio Menelao Atrida, llevando en su diestra una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicieran la libación antes de partir; y, deteniéndose ante el carro, se la presentó y les dijo:
151 «¡Salud, oh jóvenes, y llevad también mi saludo á Néstor, pastor de hombres; que me fué benévolo, como un padre, mientras los aqueos peleamos en Troya!»
154 Respondióle el prudente Telémaco: «En llegando allá, oh alumno de Júpiter, le diremos á Néstor cuanto nos encargas. ¡Así me fuera posible, al tornar á Ítaca, contarle á Ulises en su morada que vuelvo de tu palacio, habiendo recibido toda clase de pruebas de amistad y trayendo conmigo muchos y excelentes objetos preciosos!»