160 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha, un águila que llevaba en las uñas un ánsar doméstico, blanco, enorme, arrebatado de algún corral; seguíanla, gritando, hombres y mujeres; y, al llegar junto al carro, torció el vuelo á la derecha, en frente mismo de los corceles. Al verla se holgaron; á todos se les regocijó el ánimo en el pecho, y Pisístrato Nestórida dijo de esta suerte:
167 «Considera, ¡oh Menelao, alumno de Júpiter, príncipe de hombres!, si el dios que nos mostró este presagio lo hizo aparecer para nosotros ó para ti mismo.»
169 Así habló. Menelao, caro á Marte, se puso á meditar cómo le respondería convenientemente; mas Helena, la de largo peplo, adelantósele pronunciando estas palabras:
172 «Oídme, pues os voy á predecir lo que sucederá, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y yo me figuro que ha de llevarse á cumplimiento. Así como esta águila, viniendo del monte donde nació y tiene su cría, ha arrebatado el ánsar criado dentro de una casa: así Ulises, después de padecer mucho y de ir errante largo tiempo, volverá á la suya y conseguirá vengarse; si ya no está en ella, maquinando males contra los pretendientes.»
179 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Así lo haga Júpiter, el tonante esposo de Juno; y allá te invocaré todos los días, como á una diosa!»
182 Dijo, é hirió con el azote á los corceles. Éstos, que eran muy fogosos, arrancaron al punto hacia el campo, á través de la ciudad, y en todo el día no cesaron de agitar el yugo.
185 Poníase el sol y las tinieblas empezaban á ocupar los caminos cuando llegaron á Feras, á la morada de Diocles, hijo de Orsíloco, á quien engendrara Alfeo. Allí durmieron aquella noche, aceptando la hospitalidad que Diocles se apresuró á ofrecerles.
189 Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, engancharon los corceles, subieron al labrado carro y guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó á los corceles para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Prestamente llegaron á la excelsa ciudad de Pilos, y entonces Telémaco habló de esta suerte al hijo de Néstor:
195 «¡Nestórida! ¿Cómo llevarías á cumplimiento, conforme prometiste, lo que te voy á decir? Nos gloriamos de ser para siempre y recíprocamente huéspedes el uno del otro, por la amistad de nuestros padres; tenemos la misma edad, y este viaje habrá acrecentado aún más la concordia entre nosotros. Pues no me lleves, oh alumno de Júpiter, más adelante de donde está mi bajel; déjame aquí, en este sitio: no sea que el anciano me detenga en su casa, contra mi voluntad, por el deseo de tratarme amistosamente; y á mí me urge llegar allá lo antes posible.»
202 Tal dijo. El Nestórida pensó en su alma cómo llevaría al cabo, de una manera conveniente, lo que había prometido. Y considerándolo bien, le pareció que lo mejor sería lo siguiente: dió la vuelta á los caballos hacia donde estaba la veloz nave en la orilla del mar; tomó del carro los hermosos presentes—los vestidos y el oro—que había entregado Menelao, y los dejó en la popa del barco; y, exhortando á Telémaco, le dijo estas aladas palabras: