282 Dicho esto, tomóle la broncínea lanza que dejó tendida en el tablado del corvo bajel; subió á la nave, surcadora del ponto, sentóse en la popa y colocó cerca de sí á Teoclímeno. Al punto soltaron las amarras. Telémaco, exhortando á sus compañeros, les mandó que aparejasen la jarcia, y obedeciéronle todos diligentemente. Izaron el mástil de abeto, lo metieron en el travesaño, lo ataron con sogas, y acto continuo extendieron la blanca vela con correas bien torcidas. Minerva, la de los brillantes ojos, envióles próspero viento que soplaba impetuoso por el aire, á fin de que el navío, corriera y atravesara lo más pronto posible la salobre agua del mar. Así pasaron por delante de Crunos y del Calcis, de hermoso caudal.
296 Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. La nave, impulsada por el favorable viento de Júpiter, se acercó á Feas y pasó á lo largo de la divina Élide, donde ejercen su dominio los epeos. Y desde allá Telémaco puso la proa hacia las islas Agudas, con gran cuidado de si se libraría de la muerte ó caería preso.
301 Mientras tanto Ulises y el divinal porquerizo cenaban en la cabaña y junto con ellos los demás hombres. Y apenas satisficieron el deseo de comer y de beber, Ulises,—probando si el porquerizo aún le trataría con amistosa solicitud, mandándole que se quedara allí, en el establo, ó le incitaría á que ya se fuése á la ciudad,—les habló de esta manera:
307 «¡Oídme Eumeo y demás compañeros! Así que amanezca, quiero ir á la ciudad para mendigar y no seros gravoso ni á ti ni á tus amigos. Aconséjame bien y proporcióname un guía experto que me conduzca; y vagaré por la población, obligado por la necesidad, para ver si alguien me da una copa de vino y un mendrugo de pan. Yendo al palacio del divinal Ulises, podré comunicar nuevas á la prudente Penélope y mezclarme con los soberbios pretendientes por si me dieren de comer, ya que disponen de innumerables viandas. Yo les serviría muy bien en cuanto me ordenaren. Voy á decirte una cosa y tú atiende y óyeme: merced á Mercurio, el mensajero, el cual da gracia y fama á los trabajos de los hombres, ningún otro mortal rivalizaría conmigo en el servir, lo mismo si se tratase de amontonar debidamente la leña para encender un fuego, ó de cortarla cuando está seca, que de trinchar ó asar carne, ó bien de escanciar el vino, que son los servicios que los inferiores prestan á los grandes.»
325 Y tú, muy afligido, le hablaste de esta manera, porquerizo Eumeo: «¡Ay, huésped! ¿Cómo se te aposentó en el espíritu tal pensamiento? Quieres sin duda perecer allá, cuando te decides á penetrar por entre la muchedumbre de los pretendientes cuya insolencia y orgullo llegan al férreo cielo. Sus criados no son como tú, pues siempre les sirven jóvenes ricamente vestidos de mantos y túnicas, de luciente cabellera y de lindo rostro; y las mesas están cargadas de pan, de carnes y de vino. Quédate con nosotros, que nadie se enoja de que estés presente: ni yo, ni ninguno de mis compañeros. Y cuando venga el amado hijo de Ulises, te dará un manto y una túnica para vestirte y te conducirá adonde tu corazón y tu ánimo prefieran.»
340 Respondióle el paciente divinal Ulises: «¡Ojalá seas, Eumeo, tan caro al padre Júpiter como á mí; ya que pones término á mi fatigosa y miserable vagancia! Nada hay tan malo para los hombres como la vida errante: por el funesto vientre pasan los mortales muchas fatigas, cuando los abruman la vagancia, el infortunio y los pesares. Mas ahora, ya que me detienes, mandándome que aguarde la vuelta de aquél, ea, dime si la madre del divinal Ulises y su padre, á quien al partir dejara en los umbrales de la vejez, viven aún y gozan de los rayos del sol ó han muerto y se hallan en la morada de Plutón.»
351 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «De todo, oh huésped, voy á informarte con exactitud. Laertes vive aún y en su morada ruega continuamente á Júpiter que el alma se le separe de los miembros; porque padece grandísimo dolor por la ausencia de su hijo y por el fallecimiento de su legítima y prudente esposa, que le llenó de tristeza y le ha anticipado la senectud. Ella tuvo deplorable muerte por el pesar que sentía por su glorioso hijo; ojalá no perezca de tal modo persona alguna, que, habitando en esta comarca, sea amiga mía y como á tal me trate. Mientras vivió, aunque apenada, holgaba yo de preguntarle y consultarle muchas cosas, porque me había criado juntamente con Ctímene, la de largo peplo, su hija ilustre, á quien parió la postrimera: juntos nos criamos, y era yo honrado casi lo mismo que su hija. En llegando á la deseable pubertad, á Ctímene casáronla en Same, recibiendo por su causa infinitos dones; y á mí púsome aquélla un manto y una túnica, vestidos muy hermosos, dióme con que calzar los pies, me envió al campo y aún me quiso más en su corazón. Ahora me falta su amparo, pero las bienaventuradas deidades prosperan la obra en que me ocupo, de la cual como y bebo, y hasta doy limosna á venerandos suplicantes. Pero no me es posible oir al presente dulces palabras de mi señora ni lograr de ella ninguna merced, pues el infortunio entró en el palacio con la llegada de esos hombres tan soberbios; y, con todo, tienen los criados gran precisión de hablar con su dueña y hacerle preguntas sobre cada asunto, y comer y beber, y llevarse al campo alguno de aquellos presentes que alegran el ánimo de los servidores.»
380 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh dioses! ¡Cómo, niño aún, oh porquerizo Eumeo, tuviste que vagar tanto y tan lejos de tu patria y de tus padres! Mas, ea, dime, hablando sinceramente, si fué destruída la ciudad de anchas calles en que habitaban tu padre y tu veneranda madre; ó si, habiéndote quedado solo junto al ganado de ovejas ó de bueyes, unos piratas te echaron mano y te trajeron en sus naves para venderte en la casa de este varón que les entregó un buen precio.»
389 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «¡Huésped! Ya que sobre esto me preguntas é interrogas, óyeme y recréate, sentado y bebiendo vino. Estas noches son inmensas, hay en las mismas tiempo para dormir y tiempo para deleitarse oyendo relatos, y á ti no te cumple irte á la cama antes de la hora, puesto que daña el dormir demasiado. De los demás aquél á quien el corazón y el ánimo se lo aconseje, salga y acuéstese; y, no bien raye el día, tome el desayuno y váyase con los puercos de su señor. Nosotros, bebiendo y comiendo en la cabaña, deleitémonos con renovar la memoria de nuestros tristes infortunios; pues halla placer en el recuerdo de los trabajos sufridos, quien padeció muchísimo y anduvo errante largo tiempo. Voy, pues, á hablarte de aquello acerca de lo cual me preguntas é interrogas.
403 »Hay una isla que se llama Siria—quizás la oíste nombrar—sobre Ortigia, donde el sol vuelve su giro: no está muy poblada, pero es fértil y abundosa en bueyes, en ovejas, en vino y en trigales. Jamás se padece hambre en aquel pueblo y ninguna dolencia aborrecible les sobreviene á los míseros mortales: cuando envejecen los hombres de una generación, preséntanse Apolo, que lleva arco de plata, y Diana, y los van matando con suaves flechas. Existen en la isla dos ciudades, que se han repartido todo el territorio, y en ambas reinaba mi padre, Ctesio Orménida, semejante á los inmortales.