415 »Allí vinieron unos fenicios, hombres ilustres en la navegación pero falaces, que traían innúmeros joyeles en su negra nave. Había entonces en casa de mi padre una mujer fenicia, hermosa, alta y diestra en irreprochables labores; y los astutos fenicios la sedujeron. Uno, que la encontró lavando, unióse con ella, junto á la cóncava nave, en amor y concúbito, lo cual les turba la razón á las débiles mujeres, aunque sean laboriosas. Preguntóle luego quién era y de dónde había venido; y la mujer, señalándole al punto la alta casa de mi padre, le respondió de esta guisa:
425 «Me jacto de haber nacido en Sidón, que abunda en bronce, y soy hija del opulento Aribante. Robáronme unos piratas tafios un día que tornaba del campo y, habiéndome traído aquí, me vendieron al amo de esa morada, quien les entregó un buen precio.»
430 »Díjole á su vez el hombre que con ella se había unido secretamente: «¿Querrías tornar á tu patria con nosotros, para ver la alta casa de tu padre y de tu madre y á ellos mismos? Pues aún viven y gozan fama de ricos.»
434 »La mujer le respondió con estas palabras: «Así lo hiciera si vosotros, oh navegantes, os obligaseis de buen grado y con juramento á conducirme sana y salva á mi patria.»
437 »Así les habló; y todos juraron, como se lo mandaba. Tan pronto como hubieron acabado de prestar el juramento, la mujer les dirigió nuevamente la palabra y les dijo:
440 «Silencio ahora, y ninguno de vuestros compañeros me hable si me encuentra en la calle ó en la fuente: no sea que vayan á decírselo al viejo, allá en su morada; y éste, poniéndose receloso, me ate con duras cadenas y maquine cómo exterminaros á vosotros. Guardad en vuestra mente lo convenido y apresurad la compra de las provisiones para el viaje. Y así que el bajel esté lleno de vituallas, penetre alguien en el palacio para anunciármelo; y traeré cuanto oro me venga á las manos. Encima de esto quisiera daros otra recompensa por mi pasaje: en la casa cúidome de un hijo de ese noble señor, y es tan despierto que ya corre conmigo fuera del palacio; lo traeré á vuestra nave y os reportará una suma inmensa dondequiera que en el país de otras gentes lo vendiereis.»
454 »Cuando así hubo dicho, fuése al hermoso palacio. Quedáronse los fenicios un año entero con nosotros y compraron muchas vituallas para la cóncava nave; mas, así que estuvo cargada y en disposición de partir, enviaron un propio para decírselo á la mujer. Presentóse en casa de mi padre un hombre muy sagaz, que traía un collar de oro engastado con ámbar; y, mientras las esclavas y mi veneranda madre lo tomaban en las manos, lo contemplaban con sus ojos y ofrecían precio, aquél hizo á la mujer silenciosa señal y se volvió acto continuo á la cóncava nave. La fenicia, tomándome por la mano, me sacó del palacio y, como hallara en el vestíbulo las copas y las mesas de los convidados que frecuentaban la casa de mi padre y que entonces habían ido á sentarse en la junta del pueblo, llevóse tres copas que escondió en su seno; y yo la fuí siguiendo simplemente. Poníase el Sol y las tinieblas ocupaban todos los caminos, en el momento en que nosotros, andando á buen paso, llegamos al famoso puerto donde se hallaba la veloz embarcación de los fenicios. Nos hicieron subir, embarcáronse todos, empezó la navegación por la líquida llanura y Júpiter nos envió próspero viento. Navegamos seguidamente por espacio de seis días con sus noches; mas, cuando el Saturnio Jove nos trajo el séptimo día, Diana, que se complace en tirar flechas, hirió á la mujer, y ésta cayó con estrépito en la sentina, cual si fuese una paviota. Echáronla al mar, para pasto de focas y de peces; y yo me quedé con el corazón afligido. El viento y las olas los trajeron á Ítaca, y acá Laertes me compró con sus bienes. Así fué como mis ojos vieron esta tierra.»
485 Ulises, el de jovial linaje, respondióle con estas palabras: «¡Eumeo! Has conmovido hondamente mi corazón al contarme por menudo los males que padeciste. Mas Júpiter te ha puesto cerca del mal un bien, ya que, aunque á costa de muchos trabajos, llegaste á la morada de un hombre benévolo que te da solícitamente de comer y de beber, y disfrutas de buena vida; mientras que yo tan sólo he podido llegar aquí, después de peregrinar por gran número de ciudades.»
493 Así éstos conversaban. Echáronse después á dormir, mas no fué por mucho tiempo; que en seguida vino la Aurora, de hermoso trono.
495 Los compañeros de Telémaco, cuando ya la nave se acercó á la tierra, amainaron las velas, abatieron rápidamente el mástil, y llevaron el buque, á fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron á la playa y aparejaron la comida, mezclando el negro vino. Y así que hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, el prudente Telémaco empezó á decirles: