213 Dichas estas palabras, se sentó. Telémaco abrazó á su buen padre, entre sollozos y lágrimas. Á entrambos les vino el deseo del llanto y lloraron ruidosamente, plañendo más que las aves—águilas ó buitres de corvas uñas—cuando los rústicos les quitan los hijuelos que aún no volaban: de semejante manera, derramaron aquéllos tantas lágrimas que movían á compasión. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si Telémaco no hubiera dicho repentinamente á su padre:

222 «¿En qué nave los marineros te han traído acá, á Ítaca, padre amado? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no creo que hayas venido andando.»

225 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «Yo te contaré, oh hijo, la verdad. Trajéronme los feacios, navegantes ilustres que suelen conducir á cuantos hombres arriban á su tierra: me trasportaron por el ponto en su velera nave mientras dormía y me dejaron en Ítaca, habiéndome dado espléndidos presentes—bronce, oro en abundancia y vestiduras tejidas—que se hallan en una cueva por la voluntad de los dioses. Y he venido acá, por consejo de Minerva, á fin de que tramemos la muerte de nuestros enemigos. Mas, ea, enumérame y descríbeme los pretendientes para que, sabiendo yo cuántos y cuáles son, medite en mi ánimo irreprochable si nosotros dos nos bastaremos contra todos ó será preciso buscar ayuda.»

Minerva, tocando á Ulises con la varita de oro, le cubrió con una túnica y un manto, y le aumentó la talla y el vigor juvenil

(Canto XVI, versos 172 á 174.)

240 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh padre! Siempre oí decir que eres famoso por el valor de tus manos y por la prudencia de tus consejos; pero es muy grande lo que dijiste y me tienes asombrado, que no pudieran dos hombres solos luchar contra muchos y esforzados varones. Pues aquéllos no son una decena justa, ni dos tan solamente, sino muchos más, y pronto vas á saber el número. De Duliquio vinieron cincuenta y dos mozos escogidos, á los que acompañan seis criados; otros veinticuatro mancebos son de Same; de Zacinto hay veinte jóvenes aqueos; y de la misma Ítaca, doce, todos ilustres; y están con ellos el heraldo Medonte, un divinal aedo y dos criados peritos en el arte de trinchar. Si cerramos con todos los que se hallan dentro, no sea que ahora que has llegado pagues de una manera bien amarga y terrible el propósito de castigar sus demasías. Pero tú piensa si es posible hallar algún defensor que nos ayude con ánimo benévolo.»

258 Contestóle el paciente divinal Ulises: «Voy á decirte una cosa; atiende y óyeme. Reflexiona si nos bastarán Minerva y el padre Júpiter, ó he de buscar algún otro defensor.»

262 Respondióle el prudente Telémaco: «Buenos son los defensores de que me hablas, aunque residen en lo alto, en las nubes; que ellos imperan sobre los hombres y los inmortales dioses.»

266 Díjole á su vez el paciente divinal Ulises: «No permanecerán mucho tiempo apartados de la encarnizada lucha, así que la fuerza de Marte ejerza el oficio de juez en el palacio entre los pretendientes y nosotros. Ahora tú, apenas se descubra la aurora, vete á casa y mézclate con los soberbios pretendientes; y á mí el porquerizo me llevará más tarde á la población, transformado en viejo y miserable mendigo. Si me ultrajaren en el palacio, sufre en el corazón que tienes en el pecho que yo padezca malos tratamientos. Y si vieres que me echan, arrastrándome en el palacio por los pies, ó me hieren con saetas, sopórtalo también. Mándales únicamente, amonestándolos con dulces palabras, que pongan fin á sus locuras; mas ellos no te harán caso, que ya les llegó el día fatal. Otra cosa te diré que guardarás en tu corazón: tan luego como la sabia Minerva me lo inspire, te haré una señal con la cabeza; así que la notes, llévate las marciales armas que hay en el palacio, colócalas en lo hondo de mi habitación de elevado techo y engaña á los pretendientes con suaves palabras cuando, echándolas de menos, te pregunten por las mismas: «Las he llevado lejos del humo, porque ya no parecen las que dejara Ulises al partir para Troya; sino que están afeadas en la parte que alcanzó el ardor del fuego. Además, el Saturnio sugirióme en la mente esta otra razón más poderosa: no sea que, embriagándoos, trabéis una disputa, os hiráis los unos á los otros, y mancilléis el convite y el noviazgo; que ya el hierro por sí solo atrae al hombre.» Tan solamente dejarás para nosotros dos espadas, dos lanzas y dos escudos de boyuno cuero, que podamos tomar al acometer á los pretendientes; y á éstos los ofuscarán después Palas Minerva y el próvido Júpiter. Otra cosa te diré que pondrás en tu corazón; si en verdad eres hijo mío y de mi sangre, ninguno oiga decir que Ulises está dentro, ni lo sepa Laertes, ni el porquerizo, ni los domésticos, ni la misma Penélope; sino solos tú y yo procuremos conocer la disposición en que se hallan las mujeres y pongamos á prueba los esclavos, para averiguar cuáles nos honran y nos temen en su corazón y cuáles no se cuidan de nosotros y te desprecian á ti siendo cual eres.»