308 Repúsole su preclaro hijo: «¡Oh padre! Figúrome que pronto te será conocido mi ánimo, que no es la pobreza de espíritu lo que me domina; mas no creo que lo que propones haya de sernos ventajoso y te invito á meditarlo. Andarás mucho tiempo y en vano si quieres probar á cada uno, yéndote por los campos; mientras aquéllos, muy tranquilos en el palacio, devoran nuestros bienes orgullosa é inmoderadamente. Yo te exhorto á que averigües cuáles mujeres te hacen poco honor y cuáles están sin culpa; pero no quisiera ir á probar á los hombres por las majadas, sino dejarlo para más tarde, en el supuesto de que hayas visto verdaderamente alguna señal enviada por Júpiter, que lleva la égida.»

321 Así éstos conversaban. En tanto, arribaba á Ítaca la bien construída nave que trajera de Pilos á Telémaco y á todos sus compañeros; los cuales, así que llegaron al profundo puerto, sacaron la negra embarcación á tierra firme, y, después de llevarse los aparejos unos diligentes servidores, trasportaron los magníficos presentes á la morada de Clitio. Luego enviaron un heraldo á la casa de Ulises, que diese nuevas á la prudente Penélope de cómo Telémaco estaba en el campo y había ordenado que el bajel navegase hacia la ciudad, para evitar que la ilustre reina, sintiendo temor en su corazón, derramara tiernas lágrimas. Encontráronse el heraldo y el divinal porquerizo, que iban á dar la misma nueva, y tan pronto como llegaron á la casa del divino rey, dijo el heraldo en medio de las esclavas: «¡Oh reina! Ya llegó de Pilos tu hijo amado.» El porquerizo se acercó á Penélope, le refirió cuanto su hijo ordenaba que se le dijese y, hecho el mandado, volvióse á sus puercos, dejando atrás la cerca y el palacio.

342 Los pretendientes, afligidos y confusos, salieron del palacio, traspusieron el alto muro del patio y sentáronse delante de la puerta. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á arengarles:

346 «¡Oh amigos! ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría á efecto! Mas, ea, botemos al agua la mejor nave, proveámosla de remadores, y vayan al punto á decir á aquéllos que tornen prestamente al palacio.»

351 Apenas hubo dicho estas palabras, cuando Anfínomo, volviéndose desde su sitio, vió que el bajel entraba en el hondísimo puerto y sus tripulantes amainaban las velas ó tenían el remo en la mano. Y con suave risa, dijo á sus compañeros:

355 «No enviemos ningún mensaje, que ya están en el puerto, sea porque un dios se lo haya dicho, sea porque vieron pasar la nave y no lograron alcanzarla.»

358 Así habló. Levantáronse todos, fuéronse á la ribera del mar, sacaron en el acto la nave á tierra firme y los diligentes servidores se llevaron los aparejos. Seguidamente se encaminaron juntos al ágora, no dejando que se sentase con ellos ningún otro hombre, ni mozo ni anciano. Y Antínoo, hijo de Eupites, hablóles de esta suerte:

364 «¡Ah, cómo las deidades libraron del mal á ese hombre! Durante el día, los atalayas estaban sentados en las ventosas cumbres, sucediéndose sin interrupción; y después de ponerse el sol, jamás pasamos la noche en tierra firme, pues, yendo por el ponto en la velera nave hasta la aparición de la divinal Aurora, acechábamos la llegada de Telémaco para aprisionarle y acabar con él; y en tanto lo condujo á su casa alguna deidad. Mas, tramemos algo ahora mismo para que le podamos dar deplorable muerte: no sea que se nos escape; pues se me figura que mientras viva no se llevarán á cumplimiento nuestros propósitos, ya que él sobresale por su consejo é inteligencia y nosotros no nos hemos congraciado totalmente con el pueblo. Ea, antes que Telémaco reúna á los aqueos en el ágora—y opino que no dejará de hacerlo, sino que guardará su cólera y, levantándose en medio de todos, les participará que tramamos contra él una muerte terrible, sin que lográramos alcanzarle; y los demás, en oyéndolo, no han de alabar estas malas acciones y quizás nos causen algún daño y nos echen de nuestra tierra, y tengamos que irnos á otro país,—prevengámosle con darle muerte en el campo, lejos de la ciudad, ó en el camino; apoderémonos de sus bienes y heredades á fin de repartírnoslos equitativamente; y entreguemos el palacio á su madre y á quien la despose, para que en común lo posean. Y si esta proposición os desplace y queréis que Telémaco viva y conserve íntegros los bienes paternos, de hoy más no le comamos en gran abundancia, reunidos todos aquí, las agradables riquezas; antes bien, pretenda cada cual desde su casa á Penélope, solicitándola con regalos de boda, y cásese ella con quien le haga más presentes y venga designado por el destino.»

393 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, hasta que les arengó el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, Anfínomo, que había venido de la herbosa Duliquio, abundante en trigo, estaba á la cabeza de los pretendientes y era el más grato á Penélope porque sus palabras revelaban buenos sentimientos. Éste, pues, les arengó con benevolencia diciendo:

400 «¡Oh amigos! Yo no quisiera matar de tal suerte á Telémaco, que es grave cosa destruir el linaje de los reyes; sino consultar primeramente la voluntad de las deidades. Si los decretos del gran Júpiter lo aprobaren, yo mismo lo mataría, exhortándoos á todos á que me ayudarais; mas si los dioses nos apartaren de este propósito, os invitaría á que desistierais.»