406 De tal manera se expresó Anfínomo y á todos les plugo lo que dijo. Levantáronse en seguida, fuéronse á la casa de Ulises y, en llegando, tomaron asiento en pulimentadas sillas.
409 Entonces la prudente Penélope decidió otra cosa: mostrarse á los pretendientes, que se portaban con orgullosa insolencia; pues supo por el heraldo Medonte, el cual había escuchado las deliberaciones, que en el palacio se tramaba la muerte de su propio hijo. Fuése hacia la sala, acompañándola sus esclavas. Cuando la divina entre las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas por espléndido velo, é increpó á Antínoo, diciéndole de esta suerte:
418 «¡Antínoo, poseído de insolencia, urdidor de maldades! Dicen en el pueblo de Ítaca que descuellas sobre los de tu edad en el consejo, y en la palabra, mas no eres ciertamente cual se figuran. ¡Desatinado! ¿Por qué estás maquinando cómo dar á Telémaco la muerte y el destino, y no te cuidas de los suplicantes, los cuales tienen por testigo á Júpiter? No es justo que traméis males los unos contra los otros. ¿Acaso ignoras que tu padre vino acá huído, con gran temor del pueblo? Hallábase éste muy irritado contra él, porque había ido en conserva de los piratas tafios á causar daño á los tesprotos, nuestros aliados; y querían matarlo, y arrancarle el corazón, y devorar sus muchos y agradables bienes; pero Ulises los contuvo é impidió que lo hicieran, no obstante su deseo. Y ahora te comes ignominiosamente su casa, pretendes á su mujer, intentas matarle el hijo y me tienes grandemente contristada. Mas, yo te requiero que ceses ya y mandes á los demás que hagan lo propio.»
434 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta Penélope! Cobra ánimo y no te preocupes por tales cosas. No hay hombre, ni lo habrá, ni nacerá siquiera, que ponga sus manos en tu hijo Telémaco mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra. Lo que voy á decir, llevárase al cabo: presto su negruzca sangre correría en torno de mi lanza. Muchas veces Ulises, el asolador de ciudades, tomándome sobre sus rodillas, me puso en la mano carne asada y me dió á beber rojo vino: por esto Telémaco me es caro sobre todos los hombres y le exhorto á no temer la muerte que pueda venirle de los pretendientes; que la enviada por los dioses es inevitable.»
448 Así le habló para tranquilizarla; pero también maquinaba la muerte de Telémaco. Y Penélope se fué nuevamente á la espléndida habitación superior, donde lloró por Ulises, su querido esposo, hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el dulce sueño.
452 Al caer de la tarde, el divinal porquerizo volvió junto á Ulises y su hijo, los cuales habían sacrificado un puerco añal y aparejaban la cena. Entonces se les acercó Minerva y, tocando con su vara á Ulises Laertíada, lo convirtió otra vez en anciano y le cubrió el cuerpo con miserables vestiduras: no fuera que el porquerizo, al verle cara á cara, lo reconociese, y, en vez de guardar la noticia en su pecho, partiera para anunciársela á la discreta Penélope.
460 Telémaco fué el primero en hablar y dijo de esta suerte: «¡Llegaste ya, divinal Eumeo! ¿Qué se dice por la población? ¿Están en ella, de regreso de la emboscada, los soberbios pretendientes ó me acechan aún, esperando que torne á mi casa?»
464 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «No me cuidé de inquirir ni de preguntar tales cosas mientras anduve por la ciudad; pues tan luego como di la noticia, incitóme el ánimo á venirme á toda diligencia. Encontróse conmigo un heraldo, diligente nuncio de tus compañeros, que fué el primero que le habló á tu madre. También sé otra cosa, que he visto con mis ojos. Al volver, cuando ya me hallaba más alto que la ciudad, en el cerro de Mercurio, vi que una velera nave bajaba á nuestro puerto; y en ella había multitud de hombres, y estaba cargada de escudos y de lanzas de doble filo. Creí que serían aquéllos, mas no puedo asegurarlo.»
476 Así se expresó. Sonrióse el esforzado y divinal Telémaco y volvió los ojos á su padre, recatándose de que lo viera el porquerizo.
478 Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y á nadie le faltó su respectiva porción. Y ya satisfecho el deseo de comer y de beber, pensaron en acostarse y el don del sueño recibieron.