Desde 1895, época á que en la materia llegamos en el anterior capítulo, la inmigración continúa su aporte de individuos en grandes cantidades. En 1904 la cifra de llegados alcanza á 125.567, con un saldo de 86.644; dos años después, en 1906 esas cifras son: llegados 252.536; saldo 192.412; hay luego un descenso, para aumentar de nuevo en 1910 en que la llegada de los primeros meses permite calcular el total del año en 260.000[61]. Esta cifra debe tomarse con las reservas del caso desde que existe la circunstancia anormal del exceso de trabajo originado por los preparativos para las exposiciones y fiestas del Centenario.
Pueblos de Europa que antes sólo estaban representados por uno que otro hijo audaz que se animaba á venir en busca de mejor fortuna, se encuentran ahora con colonias enteras: tal Rusia, Turquía, etc. Los rusos, por ejemplo, cuyo número era insignificante en 1890, son, en octubre de 1909 en la capital solamente, 13.714. Llegan á ocupar el tercer lugar entre las naciones que dan inmigrantes á la Argentina. En 1909 arriban cerca de 15.000. En los primeros meses de 1910 esta inmigración disminuye. Los turcos y sirios desparramados en todas partes y dedicados casi exclusivamente al comercio del menudeo, forman legión. Unos y otros se ligan poco á nuestra sociabilidad, son en cierto modo inadaptables, pero día llegará en que sino ellos, sus hijos se mezclen y crucen con los hijos de otras razas y naciones y un nuevo factor de importancia numérica se agregará á los tantos que ya concurren á la formación social argentina. La inmigración italiana es la que llega en mayor número; pero en 1910 es desalojada de su posición por la española, que pasa á ocupar el primer lugar. La inmigración italiana compensa la entrada con la salida. No ha de ser causa insignificante en esta disminución la gran propaganda que los diarios y los escritores de Italia hacen en contra de la inmigración á la Argentina, atribuyendo á este país falta de justicia y dificultad para su vida. Por otra parte, el gobierno mismo de Italia tiene interés en que los hijos de aquellas tierras queden allí para cultivar grandes zonas del sur.
El aumento numérico de la inmigración española si es bueno en cuanto á acrecentamiento del número total de la población, no es sin duda, lo mejor que puede llegarnos. Los motivos de mi opinión los he expresado ya en el curso de este trabajo.
La inmigración francesa disminuye un tanto también. Las demás continúan en progresivo aumento.
Los cruces, de que en capítulos anteriores hemos hecho mención, se presentan en proporciones mayores aún: los cálculos de combinaciones, podrían resolver todas las formas en que se presentan: todas las razas se unen y los hijos de extranjeros que se han incorporado á nuestro suelo vuelven á unirse con otros que proceden de otros pueblos, al punto de ser grande el número de personas que pueden recordar que sus ocho bisabuelos pertenecieron á ocho distintas nacionalidades.
También la forma de distribución que adopta es, como fué en épocas anteriores, señalada por causas geográficas: allí donde el cultivo y la vida son más fáciles, allí el inmigrante se dirige: los centros en que sus connacionales están en crecido número, ejercen sobre él invencibles atracciones y sus esperanzas de fortuna y bienestar le empujan á trasladarse y establecerse en tales lugares.
La ciudad capital sigue creciendo: hay en ella grandes comodidades y las dificultades para el trabajo no son muchas: se instalan fábricas, se adoquinan calles, se trabaja en todas formas. El censo de octubre de 1909, le da 1.231.698, que es fácilmente 1.300.000 el 1o de enero de 1910. Conviene tomar esa fecha y no la del 25 de mayo por cuanto el número en tal día es anormal: los paseantes argentinos que á fuerza de vivir en el extranjero han dejado de ser habitantes de estas tierras, vuelven con ocasión de las fiestas; el interior se desborda sobre Buenos Aires: las familias pudientes que desde tiempo concertaban un paseo á la capital, combinan el paseo con el centenario y los hoteles rechazan pasajeros porque hay plétora. Tal situación anormal no puede servir para el estudio estadístico, en que se trata de examinar el conjunto, quitándoles las irregularidades producidas por hechos ajenos á la marcha general del país.
De aquellos 1.300.000 habitantes, 49 por ciento son argentinos y 51 por ciento extranjeros. Esta proporción no se presenta en ninguna provincia, pero es signo indicativo de la constante inmigración; siguen en el orden de importancia Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, orden idéntico al anterior y que sólo se diferencia en el aumento de número.
Con los inmigrantes llegan los capitales: las estimaciones de éstos no pueden ser sino aproximativas y variables todos los días; más de cualquier modo, son enormes, al punto de que ha podido calcularse el capital inglés solamente, empleado en la Argentina, en 12.500.000.000 de francos. El francés ha sido á su vez valuado en 800.000.000 de francos. En el cálculo del capital inglés, los valores de los ferrocarriles hacen en gran parte que las cifras sean tan extraordinarias. La Nación del 15 de noviembre de 1908, traducía un artículo publicado por el South American Journal de Londres: en él se estimaba el valor de las acciones de ferrocarriles argentinos en un total de libras 154.814.472 es decir 3.870.361.800 francos. No sé qué datos sirvieron á Rigby para hacer el cálculo á que he referido, pero creo no obstante, que debe haber alguna exageración.