Así, pues, en este ensayo, por la parte que de histórico pueda tener, no primará la descripción literaria, ni el concepto estrecho, y me referiré sólo á los hechos que tengan comprobación, indicando al hacer mis afirmaciones, cuáles están corroboradas por documentos ú obras y cuáles son indicaciones que aquéllos me sugieren.

b) La sociología, la ciencia nueva, despreciada unas veces, elevada á los honores más altos otras, me servirá también y mucho. Tomaré en cuenta por su aplicación inmediata, y sin olvidar alguna otra, una de sus teorías, aquella que renovara Gobineau á mitad del siglo xix, teoría que pretende explicar la marcha de las sociedades y las causas de sus transformaciones, evoluciones y decadencias por el estudio del factor raza. Los orígenes de la teoría son remotos: presentida en un principio, fué más tarde analizada y demostrada en parte. Las formas que adoptó fueron muchas, más todas tienen de común, bajo los diversos aspectos en que cada una se plantea, la afirmación de que es de indispensable necesidad en los estudios histórico-sociales la consideración del factor raza, de la constitución individual, del examen de los elementos individuos que son los «actores del drama» según la expresión de Mougeole.

Podríanse comparar los procedimientos de esta teoría á los de la química: quiere examinar los elementos para entender el producto: comparación tal, permite el acuerdo de sus sostenedores y adversarios: unos afirman que el producto sociedad se puede comprender, conociendo los elementos: serían partidarios de la explicación química de la mezcla: otros, niegan la posibilidad de solución parecida: serían partidarios de la explicación química de la combinación. Ni unos ni otros niegan,—lo que sería absurdo,—que los hechos sociales sean producidos por los individuos componentes.

La teoría etno-antropológica tiene antecedentes remotos: como sucede con la mayor parte de los conocimientos humanos, sus gérmenes pueden encontrarse en las obras del sabio de Estagira: en efecto, al justificar Aristóteles en la Política la esclavitud, sin hacer por ello un estudio de razas habla de la diferencia de clases, idea que forma parte del desarrollo posterior de la doctrina. Más adelante, y desde el siglo xvi, es usada como argumento en las luchas políticas de Francia. Con todas las afirmaciones de uno y otro lado, se forma un residuo de ideas que serán utilizadas en forma sistemática á mitad del siglo xix.

Gobineau en 1853, en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, primero, y en varias otras después, desenvuelve y aplica la idea de que las transformaciones, las formas políticas, los progresos y las decadencias de los pueblos dependen de la pureza de la raza; que el cruzamiento arrastra á la decadencia; que los pueblos más puros, están destinados á dirigir á los menos puros; que el pueblo germano lleva en sí el sello de la excelencia por ser el menos contaminado. Así formuló en un principio su teoría, que cambios fundamentales desnaturalizarían después. Así sirvió de base á las nuevas formas que en adelante tomó: con Ammon y Lapouge, el factor permanente y característico de la raza es el antropológico; con Gumplowicz, la raza es susceptible de evolución; con Bopp, el factor filológico desempeña importante papel; con Chamberlain, el psicológico es el superior, el verdadero, el nexo real. Y nuevas obras de Letourneau, Jacoby, Sergi, Vaccaro, siguieron trabajando el tema, buscando aplicaciones, explicando, haciendo nuevas conjeturas ...

Pero la humanidad no puede dividirse en fracciones netamente determinadas, como no puede una biblioteca dividirse de tal modo que las obras contenidas en un estante correspondan con precisión á una ciencia determinada con exclusión de toda otra; obras habrá que correspondan igualmente á ese estante ó á aquél. Las divisiones se hacen artificialmente porque son útiles, más no porque naturalmente existan. Y así en la humanidad. La ciencia que es una, no admite una división natural en fracciones excluyentes. La humanidad, en modo semejante, se niega á admitir una división parecida.

La teoría llevó á excesos. Se pretendió hacerla indiscutible. Lapouge, por ejemplo, exageró tanto las cosas que creyó poder determinar de una manera exacta los caracteres psicológicos que corresponderían á los antropológicos del H. Europeus y del H. Alpinus, llegando á decir del primero: «Es lógico cuando conviene; su mayor necesidad es el progreso. En religión es protestante» ... y de este modo veinte caracteres más. ¿No recuerda la ciencia así expresada, aquellas afirmaciones de los almanaques anunciadores que al pie de cada mes llevan un calendario astrológico con palabras más ó menos como éstas: el varón nacido en este mes, vivirá tranquilo, se casará joven, será tímido mas no cobarde?...

Pero si la humanidad no admite divisiones perfectas en el sentido antes indicado, las admite en cuanto, en parte naturales, sean simultáneamente útiles. Si la división natural de la humanidad en razas determinadas con fijeza es hoy difícil, no lo es tanto la división ideada por Le Bon, de razas históricas[4], entendiendo por tales las razas artificiales formadas en el tiempo por los azares de la conquista, inmigraciones, cambios políticos, etc. Le Bon afirma y demuestra que «cada pueblo posee una constitución mental tan fija como sus caracteres anatómicos y de la cual derivan sus sentimientos, sus pensamientos, sus instituciones, sus creencias y sus artes». Esta constitución mental explica las leyes más ciertas de la marcha general de los pueblos; representa el pasado, los mil sentimientos heredados desde tantas y tantas generaciones; contribuye con el medio, la educación, el clima á explicar la formación del carácter de los individuos. Más adelante establece las condiciones necesarias para que las razas distintas puedan, mezclándose, formar una nueva. «La primera de estas condiciones es que las razas sometidas al cruzamiento no sean muy desiguales en número; la segunda, que no difieran mucho por sus caracteres; la tercera, que estén sometidas durante largo tiempo á condiciones de medio idénticas»[5]. Todo este conjunto forma el alma de los pueblos, que varía de uno á otro y que lleva variaciones concomitantes en todas sus manifestaciones: ciencia, arte, religión y con especialidad en las instituciones políticas, que tanta importancia desempeñan en la historia. Más adelante y antes de analizar la influencia de algunos factores y las causas y formas de las decadencias, hace una aplicación de todos los principios expuestos al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas sudamericanas. Oportunamente me ocuparé con mayor atención de esta parte de su obra, por dos razones: la primera, porque su interés es grande en un trabajo como éste. La segunda, que es un buen ejemplo de cómo hasta los sabios se equivocan y corren el riesgo de decir cosas que no son y no serán, cuando se basan exclusivamente en afirmaciones ajenas y cuando no se precaven contra el peligro de las generalizaciones.

De todos modos y dejando para después esta cuestión, puédese admitir y nadie la discute, la existencia de «razas históricas» en término en que la palabra raza cambia de sentido y se usa en el de «conjunto de modalidades comunes á un Estado ó una nación determinada». Así y solamente de ese modo se puede hablar de razas sin dar lugar á las ilimitadas discusiones á que llevaría el término, tomado en su sentido originario.

Admito, pues, sus principios, para hablar de nuestro pueblo; llamaréle «sociedad argentina» y no «raza argentina» porque si bien la sociedad está constituída ya como tal, no ha llegado todavía á ser lo que el término raza expresa, ni aun en el sentido de raza histórica desarrollado por Le Bon.