La historia política, depósito de recuerdos en que viven los anhelos, las luchas, los triunfos ó desengaños de los hombres de estado que pasaron, concurre con todo su bagaje de enseñanza á la prueba de las transformaciones producidas.
Y la sociología, en su carácter de ciencia que estudia los fenómenos sociales, sus relaciones, leyes y consecuencias, adhiere con aquellas otras enseñanzas á las mismas conclusiones.
Las instituciones políticas y la legislación, no pueden dejar de considerar todos y cada uno de estos elementos. En la práctica la cuestión es más difícil. ¿Pueden dictarse instituciones y leyes permanentes para un pueblo que se transforma en modo diverso en una región y en otra, que mientras permanece el mismo en Jujuy ó en Santiago del Estero, cambia desmedidamente en Buenos Aires y en el litoral? ¿Se pueden dictar para un pueblo cuya raza histórica no se encuentra constituída aún? ¿Es posible, por el contrario, dejarlo sin instituciones? Sería caer en la anarquía. ¿Se impondrá sin otras consideraciones, á todo extranjero una conducta determinada? En caso tal, sus ideas permanecerán poco menos tales como las trajo, las transmitirá á sus hijos, y con los años la conducta impuesta será modificada.
Es de interés nacional el estudio de esos cambios y de aquella relación. Este ensayo es parte de aquel estudio, indudablemente más vasto y de la mayor importancia.
3. Así, este trabajo será al mismo tiempo, de historia, de sociología, de geografía: estas ciencias y otras, contribuyen á la solución del problema. Indudablemente unas serán de mayor importancia, otras de menor. Los datos que cada una aporte, deben ser examinados en vista del fin propuesto.
a) Consideraré la historia en el llamado concepto moderno. Sabido es que esta disciplina científica ha ampliado sus dominios por una parte, y por otra ha variado en el fin que debe proponerse; la antigua cronología de los reyes, gobiernos y batallas, deja de ser, con Luis Vives quizás, con Voltaire sin duda, el único contenido de la historia; los hombres que á ella se dedican y en ella trabajan se dan cuenta de la unidad de la vida humana y de la solidaridad de sus aspectos: verifican que los sucesos políticos no son únicos en la marcha de los pueblos. Aquellos están relacionados con otros, sufren sus influencias é influyen á su vez. Los gobiernos no son el pueblo todo, y la historia de un pueblo no puede en consecuencia limitarse á la de su gobierno y sus luchas. Se abren paso las descripciones de usos, costumbres, artes, religión, instituciones. Historiadores subsiguientes encuentran que aquella ampliación es conveniente y la imitan. Verdad es que no todos lo hacen en el mismo sentido ni dando igual importancia á idéntico factor. Para unos las costumbres, el conjunto llamado civilización es la base de los conocimientos históricos, para otros la religión, para aquél el arte; mas no importa, el concepto amplio gana terreno, los escritores lo aceptan, las academias lo admiten y los nombres de Renan, Taine, Foustel de Coulanges, Altamira, Langlois, Seignobos, Letelier... responden á otras tantas obras que afirman ó conciben la historia en aquel sentido.
No obstante, la historia política mantiene su preponderancia: creo que la razón es de carácter utilitario: ella permite tener en el tiempo un punto cierto de referencia. Mientras las artes, costumbres, religiones, varían lentamente, de tal modo que para hallar cambios, débense tomar momentos algo distantes el uno del otro, los cambios políticos, aunque sus causas sean remotas, tienen fechas precisas y ciertas. Tomando como esquema el aspecto político, puede ser éste ampliado luego con los demás aspectos: ninguno quedará excluído y en cambio las referencias en el tiempo serán más ciertas.
Abandona también esta disciplina el fin que para muchos ha tenido, fin que desde antiguo se le daba, ya como principal, ya como secundario, de presentar cuadros literarios, pasajes hermosos, descripciones llenas de atracción, afirmando que «una cosa son los sucesos en si mismos y otra cosa es el arte de presentarlos en la vida con todo el interés y con toda la animación del drama que ejecutaron. Es preciso ver los tumultos y sus actores, oir el estruendo de sus voces, sorprenderlos en las tinieblas de sus conciliábulos, sentir sus triunfos y temblar al derrumbe de sus cataclismos, como si todo ese bullicio estuviera removiéndose en el fondo de cada una de las páginas que se escribe. Este arte no debe confundirse con la mecánica exactitud ni con la filiación metódica de los hechos. Una y otra cosa tienen su mérito y su necesidad relativa; pero estas últimas condiciones no son el arte, sino cuestiones de simple ordenación; mientras que la actualidad de la acción es cuestión de estética, de más ó menos poder imaginativo para agrupar los conflictos de la vida social, para restablecer los golpes de la lucha, para dar movimientos, gesto, ademán y palabra, á las generaciones desaparecidas que actuaron en la escena de la patria»[3].
Tal fin es indudablemente útil, apto para despertar el patriotismo, para educar en un género literario: son cuadros escritos que pueden ser tan ó más preciosos que los pintados. Pero no es el fin de la historia, como no sería una historia argentina una galería de grabados representando las escenas guerreras ó políticas sucedidas en el territorio argentino: la historia en esta forma en que se hace intervenir la estética, la imaginación, el golpe de teatro, es novela histórica; es la historia tal cual la ve quien la describe, sin que pueda tenerse la seguridad de la correspondencia entre lo descripto y lo real.