El suelo, propicio al trabajo, había permitido desde remotos tiempos la distribución de los individuos venidos con los conquistadores; los indios amansados, fueron en un tiempo substituídos por los negros, para ciertos trabajos sin dejar de prestarlos ellos también. Los españoles se cruzaron con unos y con otros y aquellos entre sí también cruzaron las razas. La inmigración de españoles continuó; sus descendientes criollos les discutieron derechos, se formaron partidos, se luchó y los tiempos pacíficos alternaron con los tiempos de discordia, formas que en la historia se presentan con frecuencia unidas.

Pero aquellas mismas tres razas históricas estaban formadas de las más diversas. Los españoles tenían en su sangre la de celtas, iberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, árabes. Los indios, aunque comprendidos en esa denominación general, pertenecían á tantas razas y subrazas cuantas poblaban estas regiones, desde los guaraníes y tobas del norte á los yaganes del sur y desde los querandíes y charrúas del este á los araucanos del oeste; indios distintos en sus caracteres físicos, en sus idiomas, en sus costumbres. Y los negros traídos como esclavos, pertenecían también á distintas regiones. De modo que el pueblo que ocupó esta región sur de América estaba formado por descendientes de muchos otros diversos en caracteres físicos, morales é intelectuales. Aparte de los españoles, en la época colonial pocos europeos llegaron á nuestra región: portugueses, por la proximidad de sus dominios, y algunos ingleses; mas sabido es que su entrada estaba prohibida.

Por otra parte, no predominó de una manera exclusiva una raza en toda esta parte del continente; la distribución de individuos no fué semejante en todo el país, pues mientras en el norte de Santa Fe y en el Chaco, por ejemplo, siguió dominando el indio, en algunas provincias del centro predominaron los mestizos y en la cabeza ciudad como asimismo en las ciudades importantes, la raza española.

Tal sociedad pasó de la colonia á la nación nueva y con pocos cambios llegó hasta la fecha de que trata este capítulo, en que aun no había comenzado la gran corriente de la inmigración transformadora.

Mas, la necesidad de sangre nueva y la conveniencia de la inmigración no fueron novedades que descubrieran los constituyentes del 53. Desde mucho antes se hablaba de esa necesidad y conveniencia como asimismo se tenía la visión precisa de los adelantos que el factor población puede traer á un pueblo, cuando se elige bien.

En 1812, el triunvirato, juntamente con la afirmación de que la población es el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los estados, dictó medidas tendientes á atraer inmigrantes[9]. El gobierno de Pueyrredón y el de Rodríguez con su ministro Rivadavia, trataron de convertir aquel principio en acción, y los más distinguidos vecinos de Buenos Aires formaron parte de la comisión de inmigración que debía ocuparse de atraer gente europea. Estas medidas habían comenzado, aunque en términos muy reducidos, á producir efectos; independientemente de ellas, algunos extranjeros, ingleses en su mayoría, llegaban, atraídos por las relaciones comerciales. La tiranía de Rozas, paralizó aquella inmigración aun cuando ella no cesó en absoluto; en la época de su gobierno, llegó alguna cantidad de gallegos y canarios, ingleses y franceses; estos últimos en número considerable ya, formaron colonia y fundaron en 1845, su hospital.

Estas inmigraciones no tienen mayor importancia en relación al número de los llegados, pues no modificaron mayormente la constitución étnica de la población argentina.

La necesidad de poblar, que hizo axioma la frase de Alberdi, unida á la necesidad, comprendida por muchos de poblar con buenos elementos, continuó latente y la constitución de 1853 con las disposiciones pertinentes, no hizo más que enunciar una aspiración general de la gente sensata.