Los datos numéricos de la población en aquella época aparecen defectuosos: en primer lugar rara vez se refieren á toda la república; por otra parte, se usa mucho del procedimiento del cálculo por aproximación, y generalmente la población india ó no se tiene en cuenta, ó se establece en un más ó menos, que muchas veces es arbitrario.

El mismo censo del 69 que es posterior en diez y ocho años á la fecha que estoy estudiando, al hablar de la población argentina dice: «dadas nuestras investigaciones, la república no tomándose en cuenta la población indígena», etc., y el censo de 1895, hace en cuanto á ella un cálculo simplemente de aproximación.

Nada quiere decir esto en contra de sus autores, desde que si imposible era proceder de otro modo, buscaron un medio para considerar esa población ó establecieron francamente que no la consideraban. Lo único que hace esta advertencia, es poner de relieve las dificultades que se presentan en cuanto á la población india, cuando se desea hacer un estudio estadístico de la población argentina. No obstante, los cálculos y descripciones de la época, se acuerdan al afirmar que «la mayor parte de la población argentina es de origen español y pertenece á la raza caucásica; sin embargo, en los campos se encuentran muchos mestizos y algunos indios de pura sangre. Los negros no han sido jamás numerosos en esta parte de América, pero la mezcla de las diferentes razas, ha producido todos los matices imaginables en el color de la piel»[10].

En cuanto al número y distribución por provincias, Belmar, cuya obra es de 1856, nos da estas cantidades aproximadas:

PoblaciónExtranjerosIndios
Buenos Aires171.3763.3696.000
Santa Fe40.000
Entre Ríos60.000
Corrientes85.000
Córdoba150.000
San Luis35.000
Santiago del Estero80.000
Mendoza60.000
Tucumán60.000
Catamarca35.000
La Rioja30.000
Salta70.000
Jujuy35.000
Chaco30.000
Total aproximado:941.376??

Si se tiene en cuenta que en estas cifras la población nacional no india, era en su noventa por ciento mestiza ó de origen español y que de los que aparecen como extranjeros, un sesenta por ciento eran también españoles: que por otra parte, el cruzamiento con los indios había disminuído considerablemente, desde que el crecimiento de la población blanca lo mostrara innecesario, que todos los antecedentes eran españoles, desde que la independencia había roto vínculos políticos, más no los morales, más difíciles de desatar; se podrá afirmar que la Nación Argentina de 1853 en cuanto raza histórica, era una derivación de la española, con las modalidades que el suelo, la mezcla hispano-indo-negra y las circunstancias habían impuesto, sobre todo en la población de campo. Los sentimientos é ideas de aquellas gentes se habían modificado poco, y el desprecio de la ley, el culto del coraje, el deseo inmoderado de fortuna, la creencia en la grandeza futura del país, de que habla refiriéndolos á la colonia, un distinguido autor[11],—continuaban á través de los tiempos como continúan ahora, traduciéndose en el valor de nuestros hombres de campo, en las fortunas fáciles, y también en los presupuestos de gastos públicos fuera de proporción con las entradas reales del erario. Del mismo modo la arrogancia en sus diversas formas, la pereza criolla, la crueldad de épocas anteriores[12], dejaban traslucir el hecho bien real de que la colonia continuaba y aparecía bajo el velo de la nación nueva, como aparecen en las paredes los viejos letreros que han recibido una mano de pintura para permitir la colocación de otros nuevos, pintura que los ha atenuado sin borrarlos dejándolos traslucir cuando las claridades indiscretas del día lo permiten...

Pero en las ciudades, en las ciudades sobre todo, donde no había que luchar ni con el salvaje ni con el ganado, donde se recibían noticias frecuentes de Europa, era donde la vida colonial se continuaba y donde España descubría prolongaciones de si misma. Aun muchos años después las cosas no pasaban de otro modo; es así que un distinguido escritor, evocando recuerdos dice que «hasta 1870 Buenos Aires no era otra cosa que una ciudad de España, reproducida en América con su gobierno municipal y provincial, su milicia muy poco numerosa, un ejército cívico, una policía en embrión, sus serenos á estilo antiguo, su ausencia de tramways y otros medios de transporte, su empedrado escaso y áspero, sus calles sin cloacas, inundadas al primer aguacero que suprimía toda comunicación, sus ambiciones de campanario, su ausencia de telégrafo y su aislamiento que la falta de ferrocarriles y de caminos de penetración aumentaban. El país era muy estrecho; más allá del Azul y del Pergamino se estaba fuera de las fronteras. Los cristianos combatían en esos límites para defender sus ganados. Poco agradable era entonces vivir ahí donde la vida es hoy tan apacible y donde los únicos enemigos son la langosta y las autoridades de campaña»[13].

Se ha escrito, se escribe todavía achacando á aquellas mezclas, hibridismos y degeneraciones, aumentados quizás por las nuevas inmigraciones; aspectos que se dicen causas de decadencia y de muchos males. Yo no veo tal cosa, no creo en la degeneración argentina, ni estimo peligrosos los cruzamientos; de esas opiniones me ocuparé en un último capítulo.

Por ahora, dejo establecido que la población y la sociedad en 1853, eran tal como la he descripto, y veamos cuál era el grado de progreso en que se encontraba.

2. La Capital, desde tiempos coloniales, era algo así como el Petronio de la leyenda romana: sus gustos, sus formas, sus ideas llegaban á través de las pampas y de los desiertos á las ciudades de adentro, aunque alguna vez la docta Córdoba ó la elegante Tucumán, quisieran aparecer con aire de pretenciosas rivales.