En todas las ciudades, la religión se conservaba en su apogeo, y el cura amigo de la familia y consejero eficaz de la época colonial[14], se mantenía en muchos casos conservando sus prerrogativas.

Las ciudades eran religiosas: las procesiones continuas, las misas concurridas y respetadas, y los representantes de la iglesia afectuosamente recibidos en los hogares. Este respeto á la la religión influyó en los ánimos de los constituyentes, y á pesar de las oposiciones que se suscitaron, triunfó en la constitución la idea religiosa.


La educación pública y la instrucción tenían necesariamente que ser defectuosas y escasas: no obstante, pudieron ser peores. La universidad de Buenos Aires fundada por Rivadavia, había tenido bajo su dirección la enseñanza primaria y superior. Desde 1838 desapareció del presupuesto la asignación que se le había acordado hasta entonces, obligándosele á sostenerse por la acción privada. Sólo en febrero de 1852 se derogó el decreto que había quitado la protección oficial, y se reglamentó el derecho acordado á colegios particulares, de expedir certificados que valieran como cursos universitarios, de los que se había hecho algún abuso. Inicióse también entonces el departamento de estudios preparatorios. En 1853 se dió una nueva reglamentación á la facultad de medicina[15].

La Universidad de Córdoba á su vez, había vivido con vida muchas veces irregular, con cursos excesivamente teóricos unas veces, otras con uso de anticuados métodos, pero de cualquier modo, había vivido. En 1854 se puso bajo el gobierno de la confederación, el colegio de Monserrat[16].

Otras provincias tenían colegios más ó menos buenos, según las direcciones que les tocaran en suerte: Entre Ríos contaba desde 1849 con su colegio nacional establecido en Paraná, que luego se trasladó á Concepción del Uruguay, para adquirir la importancia de todos conocida. Allí se estudiaba latinidad, filosofía, matemáticas, teneduría de libros, jurisprudencia y música[17]. Catamarca tenía desde 1850 el colegio de la Merced[18]. En Corrientes subsistía el colegio Argentino, que años antes fundara el general Virasoro[19]. En Tucumán, el colegio San Miguel, desde 1852, año en el que en Buenos Aires se estableció la primera escuela normal de enseñanza elemental.

En cuanto á la enseñanza elemental y de las primeras letras, las provincias, ciudades, villas y pueblos, contaban con lo que para sí hubieran podido conseguir: en general los maestros eran españoles, hecho debido entre otras circunstancias, al conocimiento del idioma que facilitaba la tarea.

Enfín, débese recordar que de 1836 data la introducción de padres jesuítas con fines de enseñanza.