Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los ojos despreciativas:
—Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.
—¡Barigüí sí pasó!
—A los caballos un solo hilo los contiene.
—Son flacos.
Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:
—Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más aquí,—añadió señalando los alambres caídos, obra de Barigüí.
—Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.
—No va a pasar más. Lo dijo el hombre.
—El comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.