El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe en el alambrado que iba a construir el hombre.
La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer, olvidándose de las vacas.
Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.
—Le digo que va a pasar,—decía el pasajero.
—No pasará dos veces,—replicaba el chacarero.
—¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar!
—No pasará dos veces,—repetía obstinadamente el otro.
Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:
—… reir!
—… veremos.