—Tomé… No me hallo con esta fiebre… No puedo trabajar. Si querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane…

El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida que quedaba allí.

—¿Cómo está tu cuenta?—preguntó otra vez.

—Debo veinte pesos todavía… El sábado entregué… Me hallo muy enfermo…

—Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar.
Abajo… podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.

¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo prefería hombre muerto a deudor lejano.

Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se permite ante su patrón un mensú de talla.

—¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir!—replicó el mayordomo.—¡Pagá tu cuenta primero, y después veremos!

Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo de desquite. Fué a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y ambos decidieron escaparse el próximo domingo.

Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado movimiento.