—¡Ahí tenés!—gritó el mayordomo, tropezando con Podeley.—Anoche se han escapado tres… ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran cumplidores! ¡Como vos! Pero antes vas a reventar aquí, que salir de la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo! ¡Ya saben!

La decisión de huir, y sus peligros, para los que el mensú necesita todas sus fuerzas, es capaz de contener algo más que una fiebre perniciosa. El domingo, por lo demás, había ya llegado; y con falsas maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cayé se encontraron de pronto a mil metros de la comisaría.

Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada;
Podeley caminaba mal. Y aún así…

La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca:

—¡A la cabeza! ¡A los dos!

Y un momento después surgían de un recodo de la picada, el capataz y tres peones corriendo. La cacería comenzaba.

Cayé amartilló su revólver sin dejar de avanzar.

—¡Entregáte, añá!—gritóles el capataz.

—Entremos en el monte—dijo Podeley.—Yo no tengo fuerza para mi machete.

—¡Volvé o te tiro!—llegó otra voz.