Hay una joven de diez y nueve años, muy bella sin duda alguna, que apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente. Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven también—ingeniero, si se quiere—que no recuerda haber pensado dos veces seguidas en la joven en cuestión. Todo esto es razonable, inteligible y normal.

Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.

¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación, que haré conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

* * * * *

Sí, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este mediodía a verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.

—¿Meningitis?—me dijo—¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía, y anoche también… Hoy ya no tenemos idea de lo que será.

—Pero, en fin—objeté,—siempre una enfermedad cerebral…

—Y medular, claro está… Con unas lesioncillas quién sabe dónde…
¿Vd. entiende algo de medicina?

—Muy vagamente…

—Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale… Era un caso para marchar a todo escape a la muerte… Ahora hay remisiones—tac—tac—tac, justas como un reloj…