—Pero el delirio—insistí—¿existe siempre?
—¡Ya lo creo! Hay de todo allí… Y a propósito, esta noche lo esperamos.
Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche anterior, y que no pensaba ir más.
Ayestarain me miró fijamente:
—¿Por qué? ¿Qué le pasa?
—Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá… Dígame: ¿Vd. tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente ridícula; si o no?
—No se trata de eso…
—Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido… ¡Curioso que no comprenda!
—Comprendo de sobra… Pero me parece algo así como…—no se ofenda—cuestión de amor propio.
—Muy lindo!—salté—¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! ¡Les parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestión de amor propio, arréglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.