Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la presencia de María Elvira.

—Sí, compañero—me dice. Libre de veladas ridículas, de amores cerebrales, y ceños fruncidos… ¿Se acuerda?

Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se echa a reir y agrega:

—Le vamos a dar en cambio una compensación… Los Funes han vivido estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe, pues, si han olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere… Por lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona—dicho sea de paso—y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello… ¿Qué dice Vd.?

—Digo—le he respondido—que casi estoy tentado de declinar el honor que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa…

Ayestarain se echó a reir.

—¡No embrome!… Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza…

—Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, eh? Para eso no se olvidaban de mí!

Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.

—¿Sabe lo que pienso, compañero?