—Diga.
—Que usted es el individuo más feliz de la tierra.
—¿Yo, feliz?…
—O más suertudo. ¿Entiende ahora?
Y quedó mirándome. ¡Hum!—me dije a mí mismo:
O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece que lo abrace hasta romperle el termómetro dentro del bolsillo. El maligno tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso… Pero vuelvo a lo de idiota, que es lo más seguro.
—¿Feliz?…—insistí sin embargo—¿Por el amor estrafalario que Vd. ha inventado con su meningitis?
Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un vago, vaguísimo dejo de amargura.
—Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo…—ha murmurado, cogiéndome del brazo para salir.
En el camino—hemos ido al Águila, a tomar el vermut—me ha explicado bien claro tres cosas.