1°: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente necesaria, dado el estado de profunda excitación—depresión—todo en uno—de su delirio.—2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni más ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que pudiera parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial de todo aquel amor.—3°: que los Funes han confiado sencillamente en mi educación, para que me dé cuenta—sumamente clara—del sentido terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la enferma ante mí.
—Sobre todo lo último, ¿eh?—he agregado a guisa de comentario.—El objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?
—¡Claro!—se ha encogido de hombros el médico.—Póngase Vd. en su lugar…
Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola probabilidad de que ella…
Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que hacía para hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche subida seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante. ¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre, cayera esta noche sobre su cabeza…
Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:
Delirio de nuevo. Venga en seguida.
* * * * *
Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un hombre discreto. Véase esto ahora:
Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir: