Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.
Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era tarde.
—Sí,—le dije, observando sus ojos;—me acuerdo de que antes no los tenía…
Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:
—Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.
¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi pecho! Era posible hablar de eso, por fin!
—Eso creo—repuse.—Más que nadie, no sé… Pero si; en el momento a que se refiere, más que nadie, con seguridad.
Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.
¡Ah, sí!—se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya, alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.
Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos, supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de film, agregó de costado: