—Sí, sabe… ¿Qué le dije?
—¡Veamos!—me eché de nuevo sobre la mesa.—Si Vd. no recuerda absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre, ¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?
El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo, contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una corta sacudida de hombros.
—Vamos—me dijo bruscamente.—Quiero bailar este vals.
—Es justo—me levanté.—El sueño de vals que bailábamos no tiene nada de divertido.
No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.
—¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?—me dijo de pronto, sin dejar de recorrer el salón con la vista.
—Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto—me encogí a mi vez de hombros.
Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada—la ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:
—Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…