María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo la cabeza:

—No, no recuerdo…

—¡Ah!—me callé.

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

—¿Qué—murmuró.

—¿Qué… qué?—repetí.

—¿Qué le dije?

—Tampoco me acuerdo ya…

—Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

—No sé, le aseguro…