—Es un insulto gratuito—le respondí.—Yo fuí el primero en constatar la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor… al parecer.
—¡Y dale!…—murmuró.—Pero a mi vez el demonio de la locura me arrastró tras aquel ¡y dale! burlón, a una pregunta que nunca debiera haber hecho.
—Oigame, María Elvira—me incliné:—¿Vd. no recuerda nada, no es cierto, nada de aquella ridícula historia?
Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo no nos disgustan.
—¿Qué historia?—dijo.
—La otra, cuando yo vivía a su lado…—le hice notar con suficiente claridad.
—Nada… absolutamente nada.
—Veamos; míreme un instante…
—No, ni aunque lo mire…—me lanzó en una carcajada.
—No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no sepa… Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo… dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?