No me contestó, encogiéndose de hombros.
—¡Anda al demonio!—murmuré. Pero un momento después, al separarme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.
—¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?
—No—le respondí secamente.
—¡No mientes, no estás mintiendo?
—No miento.
Y mentía profundamente.
—Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?
—¡Nunca! Se acabó.
Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.