—¿No quieres ir más?—me dijo con voz ronca y extraña.

—No, nunca más.

—Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

—¡Oh, no seas criatura!—me reí.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

—Vengo a pedirte una cosa—comenzó.

—¡Déjate de cosas!—interrumpí.—¿Por qué has salido con esta noche?
¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

—La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba… mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

—¡No! ya te dije.