¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no correspondiera con sus ideales de antes.

Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud, como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis, atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil, viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas fantasías que la llenaban de ensueños.

Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída, desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una romántica leyenda.

Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.

Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una abadesa.

Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios; incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería de sus hijos.

Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en todas sus palabras.

Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor.

¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a pedir su mano.

Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes.