Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir, bastante embrollados.

Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica, sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa.

De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas, que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho de tener tan equilibradas todas sus pasiones.

Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al pasar sin ruido, como un copo de espuma.

Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces hasta Santa Fe a buscar provisiones.

Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta la cintura.

Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.

La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o espiara la caza.

Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo, pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con su mano pequeña, abandonada por encima de la borda.