La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos, prolongábase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando. Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus copas en el agua serena, que corría sin murmullo, royendo suavemente la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas acuáticas, en la otra banda donde el campo era bajo.

El sol que trasponía ya el bosque, reflejaba un disco trémulo en la faja del río, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en su bote, que la había llevado corriente arriba, gracias a la vela, en una de sus excursiones de ensueño, descendía aprovechando la corriente y siguiendo por un capricho la línea indecisa que pintaban en el agua las copas de los árboles, dormidos ante la vecindad de la noche.

De vez en cuando, con un golpe de timón rectificaba la marcha del bote, una de cuyas bordas se bañaba en el sol dorado de aquella tarde de otoño.

La embarcación era pequeña, fina de formas, pintada de blanco, y llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma".

De lejos, realmente, atracada a la barranca en los días de marejada, cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote parecía un copo más danzando en la resaca arrojada por el viento contra la costa escarpada de la Casa de los Cuervos.

"La Espuma" era la compañera de los sueños de Gabriela.

Cuando se casó, dos años antes, con aquel español que compró el campo de su padre, éste, que había de morir poco después, le preguntó qué regalo de boda quería que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse, sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le pidió joyas ni vestidos, le pidió un bote para pasear por el dédalo de arroyos, bordeados de sauces, que hacían el encanto de aquellos paisajes.

Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible chapoteo del agua, rota por la quilla.

Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía.