Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas. Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su traje negro.
—Vamos a rezar—le dijo.
A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos amos y peones.
Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía de rogarse.
—Por las almas del purgatorio.
—Por los caminantes y navegantes.
—Por los príncipes cristianos.
—Por los parientes difuntos.
Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos, presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto silencio, la voz de la dama que decía:
—Recemos por el alma de los que hoy han de morir.