Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había impresionado.
Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas, estremecidas por la brisa que despertaba.
La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que pasaban la noche.
Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario.
Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas. Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía, se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio.
Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana, pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el suelo acolchado con su pollera.
Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz.
No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer, de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña Floriana sirvió de nodriza.
Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.
Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón.