Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores.

Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.

En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al alba.

Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada. Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos, en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo, mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que salmodiaba.

Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños, el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos.

Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse en la cama.

—¡Jesús, mamá!—exclamó, conociendo que era ella.

Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído. Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a uno de los vidrios miraba al campo.

La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos: