—¡Mirá, Gabriela!

La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.

¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas?

Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor, ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más delicados perfiles de las cosas cercanas.

Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana.

Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza.

Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la cortina de eucaliptus.

—Recemos, Gabriela—le dijo su madre.—Esta es la noche del baile en Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.

Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los eucaliptus que gemían al viento como almas en pena.