—¡Qué hay!—preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de las casas.
—¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?—y se echó en tierra gimiendo como un perro castigado.
—¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?—y como aquella masa humana, tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la vez sostenido en su ruda jornada.
Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de traerle.
Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en la profunda sombra.
Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe de esa revolución que enlutaba la casa.
—¿Y ese hombre?—preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela terminó su relato—¿está en el bote?
—Sí.
Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los contornos de las cosas.