—Dame los remos, Jesús.

—No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato.

Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los remos.

—¡No puedo más, niña!—dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó a remar.—La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una desesperación que se transmitía a sus remos.

—Se va a cansar—le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena brillaba sudorosa.

Y así hicieron toda la jornada.

Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero:

—Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está llorando.

Gabriela saltó a tierra.