—¡Jesús, no puedo más!—dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho.
Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.
¿Quién era? ¿Quién podía ser?
De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz en su memoria.
—¡Insúa, Insúa!—pensó, asociando el recuerdo de algunas conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña, era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se temía, y lo habían vencido.
¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un augurio? ¿Fué un episodio sin sentido?
Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así, remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote, cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús, apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno, una vez que Jesús se rindiera de fatiga.
—¿Estás cansado, Jesús?
—¡No, niña!
Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba.