—¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se está muriendo de frío, y que ha perdido sangre!

El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua, agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando de nieblas el día.

Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas, por la greda del fondo.

Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la neblina.

Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús, en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su canasta.

Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la respiración.

La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla.

Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.