Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la crín y se hundió.
Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar.
—¡Bravo, Jesús!—exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su propia hazaña.
Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba frío, los dos se pusieron lívidos de espanto:
—¡Está muerto!
¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que habían rescatado, con riesgo de irse a pique!
Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que temblaban como si respirara.
—¡Está vivo!—gritó—¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo respira!
Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo joven y robusto.
Gabriela empuñó valientemente los remos.