—¡Niña Gabriela!—exclamó de pronto Jesús, que había parado de remar.—¡Mire allá!
—¿Qué hay?
—¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna.
Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua.
Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él.
—Es extraño—pensó la joven que conocía el instinto de los animales—¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el río?
El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la otra costa.
De repente Jesús volvió a gritar:
—¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina!
Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera, pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo, un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa. Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza.