Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza.
La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos desnudos, impedía ver más allá de la costa.
Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo.
Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tres leguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río arriba, y viento en contra quizás.
Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa impresión de un sueño.
En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba, formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote cortaba con su proa.
El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la corriente que llevaba el esquife a la deriva.
Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se divisaba detrás la pincelada roja de la barranca.
Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte, que batía sonoramente sus costados.