—¿Tiene adentro la bala?

—Son cosas que no sé—respondió Gabriela pensativa.

Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo:

—Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de heridas, y creo que ha sido médico en su tierra.

Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura.

Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido, atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las ocho de la siguiente mañana.

Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que blanqueaba ya, con un chambergo negro.

Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza, era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si temiera el exceso de las palabras.

Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco, en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.